18.4.08

El especialista

Lo normal es descubrir, salvo magníficas excepciones, gente con la vocación del tamaño de un tractor, o gente con talentos no tradicionales como el ajedrez o el violín, lo normal es descubrir, entonces, a los treinta años, cuando se cumplen treinta años, por poner un número, meses más, meses menos, se descubre con sorpresa, con estupor, con asombro, con una tristeza que parece brotar de una baldosa que uno es incapaz de recordar haber pisado, se descubre que uno jamás será lo que quiso ser, que el sueño infantil, cualquiera sea, ha estallado como un frasco de mermelada contra el pavimento y ya está, uno se queda mirando el enchastre del hecho consumado.
Tal vez me explayé en exceso. Tal vez hice abuso de detalle. Sucede que lo mismo me ha pasado a mí, a los once años. Es un dolor y uno consigue acostumbrarse, como a cualquier otro dolor.
No dejes que te mate de un susto tu propio fracaso.

15.4.08

Xorg de Xiburg

Domingo. Cinco de la tarde. Frío. Una llovizna de esas disimuladas, esa llovizna que mira para otro lado, que se hace la desentendida, pero en un momento te das cuenta que tenés empapado hasta los calzoncillos, te das cuenta que no te vas a secar jamás.
El bar está repleto de gente del barrio, boludos tradicionales, sin pretensiones, el fracaso hecho una fina costra sobre la epidermis. El fútbol como coagulante, como nexo, como aglutinador que permite olvidar por un par de horas la propia vida y que mañana es lunes. El gallego puso un televisor nuevo, de pantalla grande, y cobra un peso más el café, un trato justo. Hay una nube hecha de un humo denso; aquí a nadie le importa si la nicotina mata, porque la tristeza mata mucho más.
Cada uno se ha sentado como ha podido, donde ha podido, y ya no hay grupos definidos, sino una masa amorfa, noventa y cinco por ciento masculina, con calvas relucientes y pelambres pringosas y dedos en la nariz y eructos reverberantes, con los cuellos estirados y la vista fija en el televisor como un imán de todas nuestras desesperaciones.
Es el entretiempo. La lluvia golpea contra el ventanal, y dan ganas de quedarse ahí adentro, matando la tarde aunque Boca pierda uno a cero, empapado de lugares comunes y frases hechas y puteadas y quejas existenciales demasiado existenciales para prestarles atención.
Alguien aprovecha para ir al baño. Alguien pide dos cervezas más. Alguien tira un platito de maníes y estaremos sintiendo el cricrí de los maníes debajo de nuestras suelas hasta que salgamos a la calle otra vez, a la lluvia otra vez, al lunes implacable que no tiene apuro y se relame, otra vez.
–No se puede jugar sin enganche.
–Van para atrás, están peleados con el técnico, por eso van para atrás.
–Pedime otro café, Laucha.
–Qué ganas de coger que tengo, por favor.
Se abre la puerta. Alguien va a comprar cigarrillos. Se abre la puerta. Alguien entra.
–Señores, buenas tardes, soy Xorg de Xiburg.
Alguien levanta la vista. Es un pibe delgado, parece que se va a doblar. Usa jeans que le quedan largos y los tiene doblados de manera irregular, para no arrastrarlos, va muy abrigado, con un pulóver de cuello alto, un pulóver de lana muy gruesa, de esos que ya casi no se ven en la ciudad.
Por encima del cuello del pulóver asoma su cabeza, semejante a una lámpara gigante. El cráneo rasurado parece verde, juraría que es verde, pero puede ser el efecto de la luz. El cráneo está surcado por demasiadas venas, en relieve, venas que parecen presas de una extraña movilidad, como si regurgitaran bajo la piel.
Tiene puestos lentes sin marco, detrás de los cuales pueden verse sus pupilas dilatadas, de un verde casi fosforescente, y el hecho de no verlo parpadear, ni una sola vez, aumenta el efecto, la extrañeza que produce su rostro.
Alguien lanza una carcajada, desde el fondo. Se oye el ruido de un vaso roto.
El pibe permanece de pie, contrariado, carraspea y se rasca la nariz, que es un puntito apenas, una nariz de perro pekinés. Es un momento, un fulgor, no más, pero por debajo de la manga del pulóver he visto una mano, también verde, una mano que no puede ser humana, una mano como no he visto jamás.
–¡Señores, por favor! ¡Vengo de una galaxia lejana, con la intención de…!
–¡Sentate, cara de aceituna!
–No te pongas verde, triste, que ahora lo damos vuelta. Este partido no se pierde.
–¡Gallego, te pedí dos cervezas hace media hora!
–¡Ahí salen, ahí empieza! ¿Cambiaron a Ríspoli? Ríspoli es un muerto, no puede jugar a nada.
–Sentate, pibe, tenés mal color. Capaz que te bajó la presión –un gordo abre un sobrecito de azúcar, alguien ha tirado del brazo de Xorg, dejándolo sentado en un banquito libre, algo bajo, sin respaldo. El gordo le acerca el sobrecito de azúcar y se lo echa en la boca entreabierta.
–Es la presión, pibe, es la humedad. Esto te levanta enseguida.
–¡Vamos Boquita, carajo!
–Che, se está lloviendo todo.
–Dame un faso.
Xorg está sentado con la espalda muy recta, las manos sobre las rodillas, la mirada más fosforescente que nunca.
–¿Cómo van? –pregunta.

*Hace muchos años leí un cuento, un cuento de Fontanarrosa que me gustó mucho, con esta idea. Lo que quiere decir que la idea ya la tuvo alguien, el cuento ya fue escrito. Pero no pude evitarlo, no pude evitar escribir estas líneas, y no hace daño a nadie. Se olvidan de inmediato, sin esfuerzo, y cada uno puede seguir con lo suyo. Ustedes me van a saber disculpar.

12.4.08

Será un placer

La mujer ya está desnuda, sobre la cama, recostada, o de pie. Ya ha sucedido, ha tenido lugar, lo que podríamos llamar ‘la fase previa’. La fase de calentamiento. La mujer está lúbrica, las pupilas algo dilatadas, con la respiración no agitada, pero la frecuencia de la misma algo por encima de lo normal. Su estado es de predisposición para la práctica amatoria, para la cópula, para fornicar.
Entonces usted debe decir ‘vamos a hacer algo’. O ‘tengo ganas de hacer algo’. O ‘quiero que hagas algo’. Alguna variante por el estilo, algo acorde con su forma de expresarse, con su personalidad.
La mujer, en su estado de predisposición previamente descripto, asentirá. Un leve gesto de cabeza, de afirmación, esperando que usted solicite lo que la mujer, ya ducha en las lides del amor, sabe que le solicitarán, porque le fue solicitado ya demasiadas veces como para sentirse sorprendida. Son prácticas más o menos habituales, concesiones, si se me permite el término, que un participante hace para el placer del otro, en busca de la propia satisfacción, de la propia recompensa, y el placer del otro se amalgama con el propio placer, a veces pasa, y cuando pasa es todavía mejor.
Es entonces cuando usted, desnudo también, debe ir a la cocina, abrir la heladera, y volver con un pedazo de dulce de membrillo, de un kilogramo de peso, comprado previamente.
–Frotate con el dulce –debe usted decir. Es una solicitud y una orden.
La mujer, entonces, se sorprenderá. Esto es algo, se lo aseguro, que no le fue solicitado previamente. La mujer, por su estado de predisposición, por su curiosidad natural, accederá. Tibiamente, primero, con algunas dudas. Usted debe indicarle que haga los movimientos que haría si se estuviera bañando, sólo que el pan de jabón ha sido reemplazado por el dulce de membrillo. Debe usted pedirle que se concentre, particularmente, en frotarse las partes: las tetas, el pubis, la hendidura de las nalgas, en fin. Los movimientos son circulares, o como la mujer prefiera. Tal vez, el sentirse observada la excite. Tal vez elija cantar.
Pasados unos minutos, y por el contacto con la dermis y el calor generado, el dulce perderá consistencia, y se dificultará continuar con la maniobra. Es entonces cuando la mujer, cumplido el requerimiento, pintada de dulce de membrillo, lo mirará a usted, esperando que comience la función que usted, dado que usted fue el que formuló el pedido, la función que usted, decía, tiene preparada.
–Cuidado, ni se te ocurra tocarme. Estás hecha un pegote –debe usted decir.
Porque rechazar también es un placer, y eso es algo que todos sabíamos desde un comienzo. ¿No?

9.4.08

Es relativo

–Tome usted estos comprimidos, uno por día, hasta terminar la caja. –dijo el doctor.
–¿Esto me va a curar? –dijo el paciente.
–No lo sé, no creo, pero nos da unos doce días. En doce días pueden sucederle cosas mucho más graves. En doce días quizás esta dolencia le parezca una bobada.

6.4.08

Otra lluvia

Antes de conocerte me gustaba la lluvia. Caminar bajo la lluvia es lo más cerca que he deseado estar de la naturaleza, con la exquisita excepción del mar, preferentemente de noche junto al mar.
Pero ahora sé, qué remedio, que los relámpagos y los truenos te dan mucho miedo, tus ojos miran como sólo he visto mirar a un perro que acaba de ser castigado por un impertérrito y vociferante dueño, te ponés temblorosa, frágil, te dan ganas de llorar.
Y a mí, que me gustaba la lluvia, se me da por pensar bajo qué lluvia andarás sin mi más dulce abrazo. Y me enojo, con la lluvia, me pongo mal.

3.4.08

La revolución de tu hermana

voy a explicarlo
porque merece saberse:

madurar
es el proceso por el cual
uno descubre que es capaz
de hacer

y en efecto, hace

todo aquello que hubiera estado
dispuesto a jurar
que jamás haría.

me importa un carajo si sos
una secretaria
o un durazno

y mucho menos si estás de acuerdo.


posdata:
envejecer
es descubrir que no es tan grave.

31.3.08

Curaciones

Cuando anochece, concurro a cualquier shopping center. Llevo todo el dinero que soy capaz de transportar. Llevo una mochila llena de billetes.
Camino entonces, a paso lento, contemplando las vidrieras. Me detengo frente a objetos, prendas de vestir, artículos electrónicos que fácilmente podría comprar. Miro cualquier objeto un minuto o dos, no hace falta más. Aprecio su belleza, su utilidad. Lo miro, y no lo compro.
Hecho este ejercicio, dos o tres veces, se experimenta una inaudita carga de energía, como quien ha aprendido a retener la eyaculación mediante misteriosas técnicas hindúes. Se adquiere una enigmática paz. Puede entonces marcharse a su domicilio y dormirá como un bendito, podrá descansar sin dificultad.

28.3.08

El jefe de la tribu

El jefe de la tribu, el líder, el brujo, el chamán, salió de su choza con el torso pintado de naranja y verde, tenía el conocimiento para hacer colores con extractos vegetales. Lo aguardaba una multitud silenciosa, temerosa, expectante. Llevaba puesto una peluca gigantesca, hecha con plumas de pavo real. Al verlo sobre la tarima, la gente retrocedió un poco. Las mujeres se pusieron de rodillas y de espaldas, cabeza en tierra, exhibiendo el ano como un animal que se sabe vencido, no les estaba permitido mirar a la deidad de frente.
–¡Sagarp! –dijo el jefe. Luego encendió una antorcha y la arrojó, encendida, a la multitud. Dio media vuelta y volvió a entrar a su choza.
Pasadas siete lunas volvió a salir. Había estado espiando, y salió justo cuando un relámpago cruzaba el cielo, lo cual fue un exquisito golpe de efecto. Esta vez salió sin el pecho pintado ni la peluca hecha de plumas de pavo real macho. Iba completamente desnudo, cubierto por una piel de jaguar. La piel lo cubría como una manta, por la espalda, y llevaba las extremidades de la piel atadas a sus propias extremidades con finas tiras hechas de tripa de cerdo. Pierna delantera derecha de la piel de jaguar sobre su brazo derecho, pierna trasera izquierda de la piel de jaguar sobre su pierna izquierda, cabeza de jaguar con colmillos y bigotes y ojos amarillos por sobre su propia cabeza. El efecto era el de estar viendo al jefe convertido en un mismísimo jaguar, erguido sobre dos patas, mirando con disgusto y fiereza mientras se apoyaba en un bastón hecho de fémures humanos.
–¡Shagosh! ¡Shagosh! –avanzó un paso, como si fuera a atacar, y la multitud retrocedió, los hombres dejaron caer sus lanzas y levantaron los brazos al cielo–. ¡Shagosh Impele!
Dio media vuelta y se metió en su choza, no sin antes lanzar una furibunda escupida.
Pasaron siete lunas, otra vez, y la multitud hizo guardia frente a la choza desde muy temprano. Hacía mucho frío y el ganado se moría sin explicación. El invierno parecía no sólo haberse adelantado, sino también haber aumentado en intensidad. Además, el Guerrero Quibusi había encontrado en su choza, junto al lecho de su primogénito, una mamba negra. La serpiente había mordido al niño mientras dormía dejándole una manito del tamaño de una sandía, lo cual era un claro signo del disgusto de los dioses.
El jefe, el brujo, el chamán, había pasado la noche con dos vírgenes vestales, untándolas con aceite de coco y haciéndoles, luego del rito de iniciación, cruces de esperma y nuez moscada sobre sus pequeñas frentes. Las chicas habían reído y llorado un poco y vuelto a reír. Ahora dormían desnudas y abrazadas, sobre una piel de antílope, al pie del camastro principal, junto al perro Eke, perro atorrante y bigotudo que siempre se las ingeniaba para conseguir calor y comida fingiendo una lesión en una pata.
El jefe había estado toda la noche bebiendo un aguardiente de pésima calidad, hecho con caña de azúcar, con más de cincuenta grados de alcohol. Le dolía la cabeza, sentía que le latía la nuca y detrás de los párpados. Cuando quiso frotarse con una piel de castor embebida en mentol, casi grita de dolor. Le parecía que tenía la nuca a quince centímetros de la nuca.
Se puso lo primero que encontró: un traje negro Hugo Boss, de dos botones, una camisa Armani de seda blanca, zapatos negros Salvatore Ferragamo, y un pañuelo Hermès asomando del bolsillo superior del saco, color lila, que le había traído un primo de Milán.
Se asomó, gargajeó un poco, y apuntando con un índice a una nube dijo:
–¡Shuruk! ¡Shuruk tosi nowan! –iba a meterse en la choza de inmediato, pero volvió a girar, abrió los brazos en cruz, tanto como pudo, y levantó la vista al cielo– ¡Samur nevene!
La multitud, impávida, asintió y se quedó rumiando, repitiendo las palabras del gran jefe.
El jefe de la tribu volvió a meterse en su choza y lanzó una puteada. La camisa estaba planchada para la mierda.

25.3.08

Me llamo rencor

Yo no creo que seas mejor que yo. Creo que tuviste suerte, creo que no es justo, creo que fue casualidad. Creo que de ninguna manera te merecés lo que te está sucediendo. Creo que es un error, creo que todo lo que te fue dado en algún momento deberás devolverlo, creo que las boletas revolotean sobre tu cama como buitres famélicos y no te dejan dormir, creo que los milagros golpean en algún momento a la puerta y ya no son milagros, usan sombrero de hongo y están ojerosos y grises, y dicen ‘vengo a cobrar’.
O quizás yo hice todo mal, no me hagas caso.

22.3.08

Pastillas

Deje de recordar.
*De ‘Para poder olvidar. Lección # 73’.

Cuando entro a un bar, veo en cada mesa una vida que no voy a vivir, y me surgen inmediatas ganas de felicitarme, de invitarme a un café.
*De ‘Introducción al conformismo’.

Para saber qué clase de persona sos, necesito saber si tu aburrimiento se parece más a la preocupación o a la desesperación.
*De ‘Si es preciso conocerte, si no puede evitarse’.

Ser lo bastante bueno para imaginarse cómo sería ser bueno de verdad, y al mismo tiempo saberse incapaz de llegar allí.
*De ‘Frustración’.

Después de ver por televisión cantidad de programas de cocina, estoy en condiciones de afirmar que el futuro es pasado hervido.
*De ‘Gourmet’.

19.3.08

Puede ser extraño, puede ser cruel

Veo un documental de la National Geographic. Hay un rinoceronte. El rinoceronte, al parecer, tiene deseos de fornicar. La cámara toma su mirada, de perfil, su ojo legañoso, en medio de milenarias arrugas.
El rinoceronte encuentra una hembra. Si bien no hablan, si bien no consigo descifrar ninguna conversación, la voz en off nos cuenta que la hembra está dispuesta.
Es entonces cuando la hembra comienza a correr. No a caminar, ni a dar vueltas, sino a marchar a paso vivo. La hembra ha soltado algún olor peculiar, y marcha, veloz, con destino incierto. El rinoceronte la sigue, manteniendo el paso, olvidando todo lo demás.
Cuenta la voz que la hembra mantiene esa marcha durante días. Ya se ha hecho referencia a la predisposición, por lo tanto, dice la voz en off, el objeto es probar el estado físico del macho que la ha elegido, antes de dejarse alcanzar.
Puede ser extraño, puede ser cruel, puede ser algo que debe ser hecho de esa forma, algo natural. Sorprendente.
Pero no le pide dinero, en ningún momento del documental. Y eso me sorprende, también.

16.3.08

El día del desafío

El joven practicante de artes marciales entró al templo. Era muy temprano, de madrugada, y el sol se negaba a aparecer. Las alturas de la montaña Ku Soi Wen permitían, a los pocos elegidos de entre millones de aspirantes que se presentaban año a año para ser aceptados entre los discípulos, disfrutar del paisaje más maravilloso de todo China. Pero hacía frío.
Isogu había ingresado al templo teniendo tan sólo nueve años. Hijo de una humilde campesina y vaya a saber quién, tal vez un mongol que había bajado del caballo a orinar o a beber, y había dejado preñada a la mujer, para luego retirarse sin emitir mucho más que un sonido gutural.
Después de haber vagado durante su corta vida, comiendo un mendrugo de pan y un puñado de arroz, de vestir con harapos, de vivir como un lobo, sin saber mucho más que unas once palabras, había pasado un día por la puerta del templo. Como no tenía nada para hacer, y una interminable fila de muchachos de todas las edades esperaba, se había sentado a esperar también.
Cuando le tocó su turno después de nueve noches y nueve días de esperar a la intemperie, cuando llegó a la entrada del monasterio hecho de la piedra más maravillosa que nadie jamás hubiera visto, con sus furiosos dragones abrazados a columnas de jade que flanqueaban el inmenso pórtico de oro puro, se le permitió pasar, avanzar tan sólo tres pasos.
Los tres monjes examinadores le preguntaron porqué quería dedicar su vida al Kung Fu, porqué quería vivir para siempre bajo los designios del tigre y el dragón, cuáles eran sus habilidades especiales.
Cansado, exhausto, confundido por el hambre y la espera, el joven Isogu lanzó un aullido que estremeció las farolas de papel que adornaban la entrada. Luego emprendió una corta carrera en cuatro patas, y mordió con todas sus fuerzas los testículos de uno de los guardias que, despreocupado y de espaldas, se desmayó de inmediato.
Se le permitió quedarse, vaya uno a saber porqué. De eso hacía ya once años.
Isogu aprendió a hablar, a comer, aprendió artes marciales. Se volvió un verdadero maestro, temible en el manejo de sus manos y la espada, indomitable e indetenible en cada combate, sumiso y obediente a sus maestros a medida que se perfeccionaba, que se hacía hombre.
Isogu entró al templo esa mañana helada y se dirigió de inmediato a la sala de práctica, pasando la galería principal, donde pequeños budas de piedra recordaban a cada uno de los venerables predecesores que habían conducido los destinos del templo.
En la sala, iluminada apenas por la tenue luz del día que se negaba a comenzar, Pion Lin, su maestro de toda la vida, encendía cada una de las novecientas cuarenta y dos velas que circunvalaban el sagrado recinto.
El maestro Pion Lin le había enseñado todo lo que sabía. Llevaba puesto su tradicional kimono amarillo, y su cabeza rasurada parecía casi azul, por el frío. El maestro Pion Lin siguió encendiendo las novecientas cuarenta y dos velas, como cada mañana desde hacía treinta y siete años, sin prestarle atención.
Isogu sabía que el período de enseñanza había llegado a su fin. Sabía que la vida en el templo, y por ende la vida como él la conocía en su totalidad, había terminado. Sabía porqué había concurrido aquella mañana, tan temprano, después de beber un vaso de leche mezclado con la sangre de tres palomas blancas.
Isogu se quitó la camisa sin cuello de su uniforme negro, desabrochando con cuidado cada uno de los botones de nácar. Su cuerpo, trabajado al máximo, era un intrincado cableado de tendones, no había en él una pizca de grasa.
Hizo un lento y estudiado movimiento de manos que asemejaba la picadura de una cobra, con sus rodillas en una ínfima flexión y la mirada fija en la espalda, algo encorvada por cierto, del maestro.
–Maestro –su voz fue un susurro de chi contenido–, he venido a desafiarlo.
Pion Lin giró su hirsuta cabeza, apenas.
–Tomatelás, pendejo –dijo–. Hace un frío.

13.3.08

Arquímedes 3, Hundred 0

Todo cuerpo sumergido en agua recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al volumen de agua desalojado (Arquímedes).
Todo cuerpo sumergido en agua recibe un empuje de arriba hacia abajo igual a, bueno, habría que preguntarle al que me empujó. ¿Son graciosos, no? (Hundred).
Denme una palanca, y moveré el mundo (Arquímedes).
Denme trescientos sesenta mil dólares, y te muevo lo que quieras (Hundred).
El lado del hexágono regular inscrito en un círculo es igual al radio de dicho círculo; así como que el lado del cuadrado circunscrito a un círculo es igual al diámetro de dicho círculo. De la primera proposición se deduce que el perímetro del hexágono inscrito es tres veces el diámetro de la circunferencia, mientras que de la segunda proposición se deduce que el perímetro del cuadrado circunscrito es cuatro veces el diámetro de la circunferencia.
Se afirma además que toda línea cerrada envuelta por otra es de menor longitud que ésta, por lo que la circunferencia debe ser mayor que tres diámetros, pero menor que cuatro. Por medio de sucesivas inscripciones y circunscripciones de polígonos regulares se determina el valor aproximado de pi (Arquímedes).
Estas milanesas están buenísimas. ¿Quedó más puré? (Hundred).

10.3.08

Servime otro martes

La falta de sentido en todo lo que hago, en todo lo que veo, no me impide continuar, cosa extraña y porqué no paradojal, haciendo y viendo.
El desapego se transforma en indolencia, en qué otra cosa podría transformarse.
El virus del fastidio hace una clásica pirueta y muta con displicencia hacia el tedio.
Claro que te estoy prestando atención, te estoy escuchando. Me interesa lo que me decís.
Estás deprimida, te parece. Mirá vos.

7.3.08

Cortinas

Sábado, nueve de la mañana, el otoño mancha las cosas de un melancólico gris. Bajo con mi bolsa de ropa para lavar. Voy al lavadero. Al lavadero de los chinos. El chino se llama, así me lo ha dicho, o yo lo he establecido y él no ha considerado relevante desmentirlo, se llama, decía, Li.
Conozco a Li desde hace unos cuatro años. El primer año, le enseñé a decir ‘buen día’. El segundo año, le enseñé a decir ‘¿todo bien?’. El tercer año, le enseñé a decir ‘nos vemos’. El parece disfrutar nuestro diálogo semanal, hecho de una sola oración.
Yo: Buen día, Li.
Li: Mdía.
Al año siguiente.
Yo: ¿Todo bien?
Li: ¿Tuwein?
Al año siguiente. Cuando ya he dejado mi ropa y le he pagado.
Yo: Nos vemos.
Li: Lemos.
Estoy pensando cuál será la frase del año en curso. Aún no lo he decidido. Li me recibe expectante, con interés, cuenta las camisas para planchar, y distribuye mi ropa en un par de canastos de plástico azul, usando un criterio que no consigo descifrar.
Luego debo darle veinte pesos, y él debe darme las camisas, planchadas, de la semana anterior. Hasta que me decida, hasta que agregue una nueva frase al repertorio, diré ‘nos vemos’. Tal vez la frase de este año sea ‘Calor’, o quizás, arriesgándome en las procelosas aguas del lenguaje, la frase sea ‘Mucho calor’.
Entra al local una mujer. La mujer es igual, en sus medidas, de ancho que de alto. Va vestida de manera tosca, con un arrugado vestido floreado. El vestido es verde, las flores amarillas. Lleva zapatos muy antiguos, y las piernas enfundadas en medias de color carne. Su cabello es corto, entrecano, y el ceño fruncido no podría ser alterado ni a punta de cincel.
Estamos en el local, solamente, Li y yo.
–Necesito que las cortinas tengan mucho suavizante, y cuidado con los bordes porque las puntillas…
La mujer parece no haber registrado mi presencia. Ha extraído dos gruesas cortinas de un bolso negro que ha dejado junto a su cartera, por seguridad, como si alguien pudiera querer robarle algo, entre sus piernas. Apoyó las cortinas sobre la mesa, sobre mi ropa. La mujer levanta un dedo, da instrucciones, su expresión es severa.
–Señora –le digo–. Estoy yo.
–La última vez las cortinas quedaron con manchitas, y eso es porque las lavaste junto con otra cosa, un par de medias, no sé –La mujer sigue con su diatriba.
–Señora –digo. Tiene que verme. Es imposible que no me vea. Mido un metro noventa.
–Y las voy a venir a buscar hoy a la tarde, Li. No quiero esperar un día. Ustedes los chinos son muy haraganes, y este país les dio todo.
–Señora, va a tener que esperar que me terminen de atender, va a tener que esperar que yo me vaya –algo me pasa, me conozco. Algo en mí se ha corrido de lugar, algo no está bien. Estoy perdiendo el control.
–Para la tarde, entonces. ¿A las cinco?
–Vas a tener que esperar, vieja de mierda, porque si no te voy a cagar las cortinas –Tomo las cortinas y las arrojo al piso, hechas un bollo. Me bajo los shorts y los calzoncillos en un solo movimiento, y me acuclillo sobre el montón de género. Hago fuerzas, ahora he logrado captar su atención. Se lleva el dorso de una mano a los labios, y retrocede un paso, aterrada. Li, por primera vez desde que lo conozco, se toma la frente y niega con la cabeza.
–Ahora vas a ver –digo. Me pongo rojo, hago un esfuerzo importante pero estoy incómodo. Me duelen las rodillas, y las cortinas me hacen cosquillas en los testículos. No consigo defecar, por más que lo intento.
La mujer logra recuperar las cortinas de un tirón, y huye despavorida, olvidando el bolso. Oigo el taconear de sus zapatones en retirada.
Me pongo de pie. Me subo los shorts. Li me mira con las manos a la espalda.
–Va a hacer calor, Li, mucho calor. –Le doy veinte pesos, me da mis camisas.
–Calol –dice Li.

4.3.08

amanece

tengo tremendas dudas
si el mundo soportará
un día más.
pero justo desde mi ventana
puedo ver ahí
entre dos edificios
asomarse con timidez al sol.

el croupier celestial
ha echado a rodar
otra bola.
hagan sus apuestas.

29.2.08

Hola, doctor

El filósofo escocés, pensador finisecular, y amigo, Paul Maker, me contó que en una oportunidad, viendo determinadas y preocupantes patologías de su conducta, familiares y amigos lo instaron a concurrir a la consulta de un afamado psicoanalista.
Para no defraudar, para no discutir, Paul Maker concurrió a la cita. Tomó asiento en el confortable diván y dijo:
–Hola, doctor. Sueño de manera recurrente que copulo con un delfín. Sueño que me sujeto de sus aletas y lo fornico por detrás, mientras el delfín gira de manera enloquecida en el estanque, emitiendo ese sonido tan particular, tan característico. Si me inclino hacia un costado puedo ver que el delfín tiene esa singular sonrisa en su rostro, y no para de nadar en círculos, y eso me da fuerzas para continuar, para embestir. Y una multitud azorada se pone de pie en las gradas y hace un silencio de puro estupor.
El afamado psicoanalista no volvió a ser el mismo, nunca más. Al poco tiempo dejó la profesión. Dicen que se fue a vivir al sur, puso un local de venta de matafuegos, sierras, hachas de mano, cosas así.

26.2.08

Como en aquella película

Ella me dijo que me odiaba. Que jamás me había querido. Que estar conmigo le había resultado una experiencia tremendamente traumática, desagradable. Que yo la había hecho infeliz. Y claro, porqué no, que me había dado los mejores años de su vida. Que yo era, y seguía siendo, malo. Egoísta. Una bestia sin alma. Frío. Hermético. A veces, triste.
Siguió hablando por un rato largo, enumerando un catálogo de barbaridades, todas las cuales me representaban a mí, como persona.
Golpeaba con su pequeño puño, rítmicamente, sobre la mesa. Se alisaba con desesperación, con una mano, su fantástico cabello. Los ojos se le humedecieron de lágrimas. Una vez agotada de tanto quejarse, lanzó un lastimero aullido, como un animal herido, como sólo un animal se animaría a lidiar con el dolor, como quien no concibe, no consigue entender la composición intrínseca de la mala suerte.
Después hizo silencio, y me preguntó si yo quería decir algo.
Cada desayuno compartido, cada cópula, cada abrazo, cada brindis, cada sonrisa, se habían transformado en esto. Como aquella película donde se colocaba una fruta arriba de una mesa, y se la fotografiaba, una y otra vez, hasta que se transformaba en algo diferente, en una cosa podrida.
Llamé al mozo, pedí la cuenta.

22.2.08

Pesca sin mosca

En medio de una conversación, cualquier conversación, con un interlocutor, un interlocutor cualquiera, suelo, de pronto, de improviso, de manera absolutamente extemporánea y porqué no fuera de contexto, decir la frase ‘yo ya fracasé’.
Se genera, entonces, un incómodo silencio, una pausa repleta de estupor y confusión, y la expresión del interlocutor adquiere una pesadumbre, una hondura, tan inesperada como preocupante.
De inmediato, el interlocutor intenta una explicación vigorizante, rebatir el concepto, ensayar una defensa de mi situación ante el universo, que en absoluto le fue solicitada.
El interlocutor de pronto debate y lucha como un pez que comprende una milésima de segundo tarde que ha mordido un anzuelo, que su vida jamás volverá a ser lo que era antes, y siente el metálico dulzor del fastidio.
Yo sigo con la conversación, con la charla, o tomo mi bebida, o miro por la ventana, pero el interlocutor ya no está allí presente, necesita ponerse de pie, caminar, partir sin rumbo fijo, como si su existencia hubiera adquirido de pronto un inconcebible peso.
Y la frase se va y lo acompaña, como un virus servicial, obligándolo a dudar de todo, de sus más íntimas convicciones, para siempre.

19.2.08

Jugador

No sé jugar a nada. No juego a las cartas. No juego al ping pong. Ni al fútbol, ni al vóley. Ni juego al dominó.
La ablación de lo lúdico es una de las cosas más tristes que te pueden pasar. Perfectamente comparable con un defecto físico, o la miseria extrema.
Es por eso que me puse tan contento la otra mañana. Cuando descubrí que podía jugar. Con las palabras.

15.2.08

Para tu conocimiento

Quiero que sepas que lo que nos sucedió no fue abstruso ni abyecto.
Quiero que sepas que lo que aconteció no fue aristotélico ni kantiano.
Quiero que sepas que lo que pasó no fue pantagruélico ni hipergeométrico.
Quiero que sepas que lo que hicimos no fue aerodinámico ni asintótico.
Quiero que sepas que lo que intentamos no fue paradojal ni diacrónico.
Quiero que sepas que lo vivido no fue taxidérmico ni crematístico.
Quiero que sepas que lo que compartimos no fue subrogado ni parametrizado.
Cogimos un poco. Teníamos ganas.

12.2.08

En el nombre del perro

La historia es más o menos así:
La mujer es viuda. La mujer tiene dinero, mucho dinero. La mujer tiene como cincuenta propiedades. La mujer vive en una mansión, con tres mucamas, y un perro que recogió de la calle, siendo cachorro. El perro es bigotudo, desprolijo, atorrante. El perro se llama Caruso.
La mujer, por una venta de una casa, conoce a un abogado, que es amigo de un amigo mío. El abogado cuenta la historia.
La mujer quedó satisfecha con los servicios del abogado en la venta de la casa. Le toma confianza. Le toma cariño.
La mujer está muy mayor, muy enferma. Sabe que va a morir. Contrata al abogado, al amigo de mi amigo, como albacea.
El hombre debe administrar los bienes de la mujer, ocuparse de la sucesión, que se cumpla su voluntad.
Aquí empieza lo interesante.
La mujer le deja un departamento al abogado, al albacea, un departamento pequeño a cada una de las mucamas, y todo el resto debe ser donado a obras de caridad.
Pero.
Pero mientras viva el perro, todo es del perro. Todo es de Caruso. Nada puede ser vendido, mientras Caruso esté con vida. Eso implica que mientras el perro viva, las mucamas viven en una mansión, con regios sueldos, sin otra cosa que hacer que alimentar al perro, y sacarlo a pasear dos veces por día, media hora cada vez. Hay un veterinario contratado para ir a ver al perro, una vez por semana, y presentar un informe acerca del estado de salud del perro. De Caruso. El veterinario cobra, por el mencionado servicio, una fortuna.
El abogado, el amigo de mi amigo, también cobra una fortuna, mes a mes, como albacea.
Todos los involucrados en la historia tienen la vida resuelta, mientras viva el perro. Cuando el perro muera, el 99% de la fortuna será donada, se entregará un departamento aquí y allá, y fin.
El veterinario fue a hablar con el abogado, el amigo de mi amigo, el otro día. Su tono era confidencial. Le dijo que tiene un perro similar, parecido, ideal para sustituir a Caruso cuando muera, y seguir con el esquema vigente, cinco o diez años más. Pero el abogado, el amigo de mi amigo, es abogado y respeta la ley y se comprometió a cumplir el mandato de una mujer moribunda. Sus más íntimas convicciones están en juego ahí. No puede hacer eso.
Una de las mucamas fue a ver al abogado. Le propuso llevar una perra, y que Caruso tenga un hijo. Esto fue algo que la viuda no contempló. Si Caruso tiene un hijo, será un legítimo heredero, y tendría derecho, tal vez, al mismo trato que Caruso. De esta forma se podría continuar, quién sabe por cuánto tiempo.
Sin haber recibido aprobación del abogado, la mucama introdujo una perra en la mansión, una perra en celo. Pero Caruso se dedica todo el día a estar echado sobre sus almohadones. Caruso se niega a fornicar. Las mucamas han llegado al extremo de intentar estimular al perro, de masturbarlo, preferiría no entrar en detalles. Pero Caruso no se digna a participar de una cópula canina.
En un parque, en un descuido, Caruso baja a la calle y es atropellado por un camión. Sufre un golpe tremendo, tiene conmoción cerebral, y fractura de las dos patas traseras.
Caruso permanece internado en la mejor clínica de la ciudad, recibiendo los cuidados de los más afamados especialistas.
Mientras en la sala de espera las mucamas, el veterinario, el abogado, y una simpática perra color té con leche, guardan un respetuoso silencio, y rezan para que Caruso no muera.

9.2.08

Entropía

1. Magnitud termodinámica que mide la parte no utilizable de la energía contenida en un sistema.
2. Medida del desorden de un sistema. Una masa de una sustancia con sus moléculas regularmente ordenadas, formando un cristal, tiene entropía mucho menor que la misma sustancia en forma de gas con sus moléculas libres y en pleno desorden.
3. Medida de la incertidumbre existente ante un conjunto de mensajes, de los cuales se va a recibir uno solo.
O quizás abrí la puerta desnudo. Eso fue todo.

Consejos prácticos de escasa utilidad

Cuando una pareja camina por la calle, cuando están juntos, felices de estar juntos a pesar de todo, dispuestos a luchar por algo que parece relevante, a insistir sin saber en qué, a intentar algo que podría denominarse un proyecto en común.
Cuando una pareja camina por la calle, decía, no debieran caminar abrazados, de ningún modo, ni del brazo, a la antigua usanza, ni siquiera de la mano.
La forma correcta de caminar es aquella en la cual uno de los miembros integrantes de la pareja, sostiene en su mano el meñique de una mano de su acompañante.
Es esta una delicada y exquisita forma de exhibir el afecto, la ternura, al tiempo que queda en evidencia la fragilidad de los piolines que sostienen una vida.

*No intente sostener durante la caminata el dedo meñique de un pie de su pareja. Las cosas tampoco funcionan así.

6.2.08

Tragediómetro

Si yo tuviera la oportunidad de terminar con el hambre en África, no lo haría.
Si yo tuviera la posibilidad de terminar con las catástrofes naturales, los terremotos, los tornados, no lo haría.
Si yo tuviera la chance de evitar, cada tanto, un accidente aéreo, no lo haría.
No quisiera yo dejarte sin tema de conversación, frente a tu propia vida.

2.2.08

Teoría, teorías

Fui al zoológico. Llevé una pizza grande napolitana con ajo para el cocodrilo, una botella de whisky Johnnie Walker etiqueta negra para la jirafa, chocolate con avellanas para el león.
Los animales me respondieron con su animal desinterés.
Habrá que darle algo de crédito a Darwin, nomás.

100.324

ahora que no estás
aprovecho para recordarte
de la mejor manera posible
y es cien mil
trescientas
veinticuatro
veces mejor que tu presencia


nada que vos hagas con tu vida
será mejor de lo que yo imagine.

te condeno a estampar
un modesto azulejo
de mi mente.


*este poema fue escrito hace años. ya saben lo que se dice en estos casos: era muy joven, no sabía lo que hacía.

30.1.08

Un kilo de éxito

A falta de talento en el sentido amplio del término, pero lleno de inquietudes, aún así, de deseos de vivir del arte, de firmar autógrafos, de recibir las mieles del éxito, decido llevar adelante un procedimiento ingenioso.
Los fines de semana, los días sábado, por lo general, voy a la frutería. Compro, entonces, por ejemplo, ciruelas, un kilo, por ejemplo, duraznos, un kilo.
A la mañana del lunes, me como una ciruela, o me como un durazno. Terminada la ingesta me queda el carozo. Lo chupo, elimino así cualquier resto del fruto.
Es entonces cuando, sin quitarme el carozo de la boca, me dirijo a los principales museos y galerías de arte de la ciudad. Pido ver al dueño, a la persona a cargo, aunque por lo general no consigo ver a nadie más allá del portero, del personal de seguridad.
Para resumir, propongo exponer el carozo. Digo que incluso estoy dispuesto a venderlo, si la suma que me ofrecen es adecuada.
En la mayoría de los casos soy echado a empujones, recibí incluso algún golpe de puño. Esto no me desanima ni me intimida. He leído acerca de la incomprensión y el rechazo que han debido afrontar los más brillantes artistas.

26.1.08

Detalles

En el bar, tomo el pocillo de café y me vuelco el contenido, con cuidadosa lentitud, sobre la pechera de la camisa. Abro un sobrecito de azúcar y me lo espolvoreo con ampulosidad por encima de la cabeza. Consigo engancharme una medialuna mordida detrás de mi oreja izquierda.
El mozo se me acerca y me pregunta si me siento bien.
–No –le digo–. Claro que no.

La música te transporta

Cuando escucho el cuarteto para cuerdas número 76, opus 35, de Haydn, visitan mi mente algunas cuestiones. Por ejemplo, no sé absolutamente nada sobre la vida de Haydn, no sé cuál fue su nacionalidad, ni cuántos años vivió, ni siquiera estoy seguro de la manera precisa en que se escribe su apellido. No sé el significado exacto de la palabra ‘opus’. Tampoco sé tocar ningún instrumento de cuerdas, bah, bien pensado, no sé tocar ningún instrumento.
Cuando escucho el cuarteto para cuerdas número 76, opus 35, de Haydn, comprendo que debe estar sonando la radio, la radio del reloj, la radio del reloj despertador. Y que debo levantarme, ir a trabajar.

23.1.08

Mercancía

La prostituta se llama Nancy, usa el cabello muy corto, tiene una carcajada franca y expansiva, todo en ella tiene una redondez tan lujuriosa como excesiva.
En el culo, en el ángulo superior externo de la nalga derecha, si la nalga derecha tuviera un ángulo superior, tiene tatuado un código de barras.
Le hago un comentario al respecto. No puedo dejar de elogiar su originalidad, su sentido del humor.
Ella, sin prestarle demasiada atención al tema, mientras se envuelve en un desteñido toallón color mostaza y me ofrece un whisky, me dice que su trabajo anterior era de cajera en un supermercado. Ahora, cada vez que alguien le toca el culo, ella puede ver que por fin es otra persona la que tiene que mover el producto, revisarlo, manipular la mercancía. Y a ella eso le huele a venganza, a revancha, la deja más tranquila.

19.1.08

En el circo

En el circo el elefante quiere ser payaso el payaso quiere ser león el león quiere ser la mujer barbuda la mujer barbuda quiere ser el enano el enano quiere ser trapecista el trapecista quiere ser domador el domador quiere ser el sujeto sentado en la boletería.
El sujeto sentado en la boletería quiere ser uno de los chicos que ríen y aplauden.

Mecánica de la adicción

Déjenme que les cuente cómo sucede. El premio se transforma en hábito. Así pasa. Y cuando el premio se transforma en hábito, uno debe aprender a encontrar nuevos premios, uno debe aprender a dejar viejos hábitos.
Y eso es una de las cosas más difíciles que se me ocurren en este momento.

16.1.08

Cualquier venganza

Camino por la calle y tropiezo con una cáscara de banana inexistente. Patino, tropiezo, y caigo. Escucho una carcajada, otra risa. Lo que ocurre es gracioso, mientras le suceda a otro, y un par de personas disfrutan de la escena, el sketch, ríen sin poder evitarlo.
Me acomodo sobre la vereda, boca arriba, las manos debajo de la nuca, las piernas extendidas.
Sé, me consta, que las cosas que dan alegría, pasado cierto tiempo, pierden su potencia, su efecto, y la alegría, el entusiasmo, la risa franca, se transforman sin que uno consiga entender qué sucedió, en algo diferente, en algo triste, de regusto amargo.
Y yo pienso quedarme tirado en la calle hasta que eso suceda.

12.1.08

Fragmento para el novio de la meteoróloga

En la televisión, en dónde podría ser, una mujer, aparentemente meteoróloga, aparentemente experta en meteorología, muestra un huracán que azota, eso dice, las Islas Bermudas. La mujer, puntero en mano, señala un ángulo de la pantalla y dice que el huracán es varias veces el tamaño de las islas. Y, no puede evitarlo, sonríe.
Este fragmento es, entonces, está dirigido, fue creado, para el novio de la meteoróloga. Para el ex novio de la meteoróloga, para ser más exacto. Para el muchacho que mira la pantalla, quién sabe dónde, y descubre que el tamaño sí importa. Que ella no le dijo la verdad. Que ella mentía.

Si todo fuera distinto

si las bicicletas tuvieran volante
si los clavos fueran tornillos
si después fuera parecido al antes
si el cielo fuera siempre amarillo.

si los perros no movieran la cola
si las lágrimas no fueran saladas
si no te hubieras quedado tan sola
si las cebras repudiaran ser rayadas.

si los autos se olvidaran de las ruedas
si la comodidad descansara en lo imperfecto
si bastara con que hagas lo que puedas.

si las mesas no usaran cuatro patas
si no tuvieran que ganar las ratas
si este poema valiera un ‘te quiero’.

9.1.08

Yo no lo haría, yo no lo haría (2), yo no lo haría (3)

Entonces el telépata me miró y dijo:
–Puedo leerte la mente.
–Te morirás de pena –respondí.

*

–Puedo leer tu mente –dijo el telépata.
–No se me ocurre en este momento un trabajo peor –respondí.

*

–Puedo leer tu mente –dijo el telépata.
–¿Tenés obra social? No creo que te lo cubra –respondí.

5.1.08

Lo que falta

Una persona amiga se muda. A un bello barrio, tranquilo. Su casa es amplia y agradable. La persona en cuestión, siguiendo al parecer una simpática tradición, hace una fiesta para inaugurar su nueva morada. Cada uno de los invitados hace un regalo.
Así que voy a una afamada mueblería y elijo la mejor silla que encuentro. La persona en cuestión, merecedora del obsequio, suele leer, suele escuchar música. La silla es la silla más perfecta que yo jamás haya visto.
Le solicito al vendedor que me atiende, tras afirmarle que voy a comprar la silla, y darle la dirección en la cual debe ser entregada la misma, que deseo un detalle. Pero no, no es un cambio en el color del tapizado, y no, tampoco se trata de un minúsculo grabado en la madera, una inicial a modo de recordatorio.
Lo que deseo es que tomen la pata delantera izquierda, y la acorten tres centímetros, cinco, como mucho. Sólo una pata.
El vendedor vuelve a preguntar, no entiende. Cree que tal vez, y aún así sería extraño, debe acortar las cuatro patas; se trata quizás de un regalo para un enano, una persona muy pequeña.
Pero no. Lo que deseo es que corten una pata. Siento que la persona receptora del regalo, con su nueva vivienda, ha alcanzado un grado de confort tal vez excesivo.
Y deseo regalarle alguna incomodidad, alguna molestia.

Esa es mi chica

Ella mira el flan cubierto con dulce de leche y crema con la misma concentración y entusiasmo con que alguien contemplaría un cuadro, La Gioconda, por ejemplo, en el Museo del Louvre.
Me pareció incluso que se movía un poco hacia un costado, para ver si el flan la seguía con la mirada, si le sonreía.

2.1.08

En esa esquina

Existe una esquina de Buenos Aires en la cual me vuelvo lindo. Es extraño, no consigo explicarlo, pero es así. Lo descubrí de casualidad, hace algunos años, porque tenía que hacerme un análisis de sangre para ingresar a un nuevo empleo. Me paro en esa esquina, o me siento en ese bar, y me vuelvo irresistible. Las mujeres se quedan embobadas del otro lado del cristal, como si hubieran visto al galán de cine que sólo habita en sus más insondables fantasías. Se detienen en la calle al verme, no pueden resistirlo. Una mujer dejó caer su cartera y se agarró la cabeza con las dos manos, la observé murmurar ‘no lo puedo creer’, de rodillas sobre la vereda. Una mujer extendió una palma y la apoyó contra el vidrio y se quedó en esa posición hasta que el dueño del bar le dijo a uno de los mozos que saliera y le preguntara a la mujer qué corno le pasaba, cosas así.
Una chica con dos colitas en el peinado y una pollera demasiado sugestiva entró y me pidió que le firmara el palo de hockey. Una mujer sentada en otra mesa con su novio fue al baño, y a la pasada dejó caer su corpiño junto a mi café. Cuatro chicas entraron y me ofrecieron ir a la casa de una que vivía cerca, y participar, yo, con ellas, de una orgía, con la única condición que las dejara tomar fotografías con sus teléfonos celulares.
El efecto, como una radiación, se extiende unos metros, aunque va decayendo en intensidad. A una cuadra de distancia todavía arranco alguna mirada, alguna sonrisa. Pero a las tres cuadras en cualquier dirección, vuelvo a ser el mismo de siempre. No despierto mayores simpatías.
Decidí no pasar por esa esquina, no sentarme en ese bar, nunca más. Porque es tan fuerte la fascinación que genero, y sobreviene una tremenda decepción a los pocos metros, que son martillazos del más puro desconcierto y les hace mal, quedan muy mal, les cuesta mucho recuperarse, pobrecitas.

29.12.07

Bienaventuranzas en oferta

Bienaventurados los que de chicos no tuvieron Nesquik, porque cuando la vida tenga para darles sólo Nescao podrán soportarlo.
Bienaventurados los mansos, los tranquilos, los que escucharon ese tema de Piero. Ya tuvieron suficiente castigo y las cosas deberían mejorar.
Bienaventuradas las jirafas porque a la hora de la tortícolis comprenden con absoluta claridad que tener un don implica también tener un castigo así de largo.
Bienaventurados los que tienen una mascota, un gato o un perro, ya que jamás recibirán cariño parecido de un ser humano.
Bienaventurados los que tienen mucho y son felices con poco, porque tener poco y ser feliz con mucho lo puede soñar cualquier tarado.
Bienaventurados los que nunca fueron los últimos y nunca serán los primeros. Tal vez puedan jugar y divertirse sin esa pesada carga.
Bienaventurados los que trabajaron de mozos, porque alguna vez habrán escupido una ensalada de frutas y es raro que Dios otorgue semejantes revanchas.
Bienaventuradas todas las mujeres que me odian, porque les he regalado a sus existencias algún motivo.
Bienaventurados los que conocieron el lujo y la miseria, los que cogieron con gráciles doncellas y bofes hercúleos, los que tomaron Pommery y sidra Marolio, porque ellos han comprendido lo bueno y lo malo sobre la faz de esta tierra, y no deberían tener inconvenientes para poder discernirlo donde quiera que vayan.
(Bola extra). Bienaventurados los que no rompen las pelotas, porque ellos tendrán un dos ambientes en el cielo, contrafrente, vista abierta, bajas expensas, vecinos tranquilos.

Fiesta, que fantástica, fantástica esta fiesta

Llego a la oficina temprano, muy temprano. Llevo traje y corbata, saludo a la gente de seguridad del edificio, me saludan. Hace calor. Cuando hace más de 23 grados a las ocho de la mañana, es porque el día será un infierno. Así que digo ‘hace calor’, y el portero me dice ‘hoy va a ser un infierno’.
Llevo una mochila, raro en mí. No tuve mochila, que yo recuerde, cuando era niño, así que desconozco su utilidad.
En la mochila llevo siete tarros de dulce de leche Chimbote. Los tarros son de un cartón muy duro. También llevo una cuchara, no, una especie de espátula de madera.
Me saco el saco (y me pongo el pongo, Marrone dixit). Me saco la corbata. Me desabotono uno, y luego dos botones de la camisa. Me remango. Saco los tarros y los abro con cuidado, como si se tratara de nitroglicerina. Son siete tarros de un kilogramo cada uno, abiertos sobre mi escritorio. Apilo las tapas. Las coloco dentro de una bolsa de nylon, y luego, otra vez dentro de la mochila.
Saco la espátula de madera. Está todo pensado. Lo pensé ayer a la noche, mientras me bañaba, antes de acostarme.
Así que empiezo. Hago lo pensado. Silbo algunas canciones de rock nacional, canciones conocidas de tiempos pasados.
Me paso media hora, cuarenta y cinco minutos, pintando las computadoras con dulce de leche. Pinto los teclados específicamente, repasando las teclas rebeldes, las teclas que no han sido pintadas con las pinceladas gruesas. Pinto todos los teclados de todas las computadoras que encuentro a mi paso.
Y me queda dulce de leche, y tiempo. Así que pinto uno que otro mouse, completo, y algunos monitores. A uno le hago una ‘X’ perfecta, a otro un asterisco, a otro un signo de pregunta, a otro un garabato.
Pasados cuarenta y cinco minutos, estoy satisfecho y transpirado. Guardo todos los tarros vacíos en la mochila, y la espátula. Me seco el sudor en el baño con una pequeña toalla de un verde pastel, me pongo la corbata, me pongo el saco, agarro la mochila, bajo a la calle.
En diciembre, cerca de las fiestas, la gente suele ponerse melancólica y expansiva, se llena de sentimientos nobles y puros, de ganas de ayudar, de sentirse hermanos de alguien, de sentirse parte de algo.
A mí se me da por ponerme gracioso.

26.12.07

Ladran, Sancho

A la vuelta de mi casa vive un perro que me odia. Cada vez que paso frente a él, se desespera, se subleva de una manera animal y única, es desbordado por un odio que lo enloquece.
El perro, atado a un poste, tensa la correa al límite de la propia asfixia, sus ojos podrían desprenderse de su rostro y rodar por la vereda, sus ladridos se apaciguan pura y exclusivamente cuando sobreviene la falta de oxígeno, sus dientes juran que mis pantorrillas jamás estarán a salvo sobre la faz de la tierra, su baba espesa quema las baldosas de la vereda como un ácido.
Aún cuando ya he seguido mi camino, aún cuando me he alejado mis buenos treinta y cinco metros, el perro continúa luchando por atacarme, por morderme, por terminar con mi absurda existencia.
−No entiendo qué le pasa –me dice una mujer que baldea la vereda, presumiblemente la dueña del animal−. Jamás lo había visto ponerse así, nunca, ni con un gato.
Reflexiono sobre la situación, el odio del animal, las palabras de la mujer.
Sólo me queda aceptar que ese perro me conoce, que sabe de mí, que sabe cosas.

22.12.07

Payasos

En la calle, en medio de todo lo que ocurre en la calle, un día cualquiera, me cruzo con un payaso. Sin mediar palabra, sin explicación, el payaso me abraza.
Tiene la cara pintada de blanco, tiene la nariz roja, tiene la boca pintada con una sonrisa lo suficientemente grande para abarcar el mundo, tiene un sombrerito pequeño y redondo con una flor cuyo tallo es un resorte, lo que transforma la flor en una antena vibrátil, tiene una corbata multicolor que se bambolea entre sus rodillas, tiene unos zapatones enormes, sobre los cuales se podrían parar siete personas y navegar por un río con rumbo desconocido.
−Dame un peso –me dice el payaso. Percibo que sus ropas son viejas y huelen a naftalina. Percibo que su sudor se asemeja a pilas sulfatadas.
−No –respondo. Me desprendo de él, de su abrazo.
Entonces el payaso hace algo curioso. El payaso se sienta sobre la vereda, y comienza a llorar. Llora con la energía con que sólo los chicos saben hacerlo. Llora como quien descubre que llorar es lo que mejor sabe hacer. Llora como quien comprende que lo único que quería era llorar, llorar para siempre, llorar hasta derretirse y desaparecer.
−Dame un peso, dale –dice− ¿No ves que estar contento es lo más difícil del mundo?

Bonito lema

Con las mejores intenciones, y los peores resultados.
Se me antoja esta mañana un bonito lema, una frase ideal para resumir mi vida, o para hacer una aproximación meramente descriptiva, o para un epitafio.
O para una despedida.

19.12.07

No tiene nada de malo pedir ayuda

La mujer es una profesional del sexo. Tiene las facciones duras, la expresión impiadosa de quien lleva tiempo haciendo barbaridades por dinero. Exuda capitalismo. El cuerpo hecho mercancía de cambio. Ya se ha dicho todo lo que se podía decir al respecto. Es un tema trillado.
Sentada junto a mí, bajo la luz violácea, sobre un sillón de cuerina color borgoña demasiado estereotipado para ser descripto, me susurra el tarifario. Le digo que no hace falta que me lo diga, que no es necesario, que el dinero no es problema, que la compensación será tan generosa como desproporcionada.
Se sorprende. Se alegra. Se incomoda. Desconfía. Todo su cuerpo, sus dedos, sus uñas, sus ojos, han adquirido la pátina de objeto, abandonando los atributos originales para los cuales, es de suponer, hayan sido creados. La mujer huele a cosa, a fatiga de materiales, a especulación, a oferta y demanda en el estado más puro que yo haya visto jamás.
La mujer me explica las diferencias de cotización entre bucal y facial, vaginal, anal, me explica que se puede hacer un trío, una orgía, lluvia dorada, utilización de aparatos, lesbianismo, sadomasoquismo, asfixia parcial: me explica cuánto cuesta filmarla copulando con un conejo de angora, o mientras le chupa los dedos de los pies a un enano, o quemarle los pelos del culo con un encendedor, o que ella se disfrace de hombre araña y me muela a palos. Y sigue. Ella recita una lista que parece no terminar nunca. Está dispuesta a fornicar con un maniquí, con la mano de un muerto, con una tira de asado.
Le pregunto cuál es su tarifa máxima, y le aseguro que voy a pagarle el doble. Lo que deseo es que tome entre sus manos mi pito y lo sostenga como si se tratara de un gorrión, un colibrí, un ave con un ala rota. Que lo sostenga, lo acune, lo cobije, nada más. Es posible, le digo, que en determinado momento yo apoye una mano sobre uno de sus hombros. O le toque un muslo, apenas. O le acomode un mechón de cabello detrás de una oreja. Serán unos diez minutos, o quince. No más.
Eso es todo lo que necesito, le digo, y un whisky decente. Alguien que me cambie este trago.

15.12.07

Connotación peyorativa

No necesariamente todo lo que conocemos como ‘colateral’ es negativo. Tal vez la connotación peyorativa tenga que ver con los medicamentos, o con la guerra. Sin embargo, por ejemplo, siempre hay un ejemplo, dicen que gracias a que el hombre llegó a la luna, gracias a los viajes espaciales, se inventó el teflón. Inventado el teflón, no tardaron mucho en inventar las sartenes de teflón. El invento fue fortuito. También sus derivaciones. Ahí lo tienen: el hombre quiere llegar a la luna, y terminamos en sartenes de teflón.
Podría buscar más ejemplos, muchos más. Podría seguir.
Ahora mismo, mientras te veo cocinar. Siento deseos de ir a la luna.

Así pasa, o sic transit, o como más te guste

Sucede que te preparás y te preparás para algo que no va a suceder nunca. Sucede que estudiás dónde queda el mar Báltico y que todo cuerpo sumergido en agua recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al volumen de agua desalojado, pero cuando se cae el avión, se cae el avión, y eso es todo lo que cuenta. Sucede que trabajás y volvés a trabajar como quien pica una piedra sin saber cuál se supone que debe ser el resultado final, y después de veinte años de oficina un doctor observa los estudios, se acomoda los lentes sobre el enrojecido puente de su inconcebible nariz, y uno percibe que algo se ha complicado mucho más allá de la propia capacidad de entendimiento.
Sucede que no había nada para lo que prepararse, y la persona a la que te gustaría hablarle está bajo ese absurdo rectángulo de tierra, y el sol te seca las lágrimas antes que se atrevan a ponerse a correr como ratones locos.
Sucede que todos los dones que han venido de visita se irán, y eso es más que suficiente castigo.

12.12.07

Viajes

La sala de interrogatorios es más o menos como en las películas, no hace falta ponerse en detallista, no hace falta aburrir. Más berreta, eso sí, todo es mucho más berreta, pero la idea de fondo, lo que subyace, es lo mismo.
Las paredes están forradas de corcho, y en algunas partes de ese cartón que se usa para las cajas de huevos. Se trata, supongo, de una insonorización ‘sui generis’. Hay una mesa empotrada al piso, y dos sillas de material parecido al aluminio, aunque no creo que sea aluminio. El suelo, el piso, es de goma, de una goma color verde agua o musgo, un verde podrido, un verde que nadie con una pizca de criterio hubiera elegido jamás como color para un piso. El piso está lleno de marcas, pequeños círculos del tamaño de una moneda, donde se han incrustado millones de veces las patas de las sillas. Hay cenizas de cigarrillos esparcidas por todas partes.
Hay poca luz, una luz mortecina de tinte azulado, que da sueño. Hay una ventana por donde dos agentes, o tres, me están observando, aunque yo no puedo verlos. Como en las películas.
Estuve esposado pero me quitaron las esposas para que pueda tomar un café aguachento y gris que me trajeron en un vasito de plástico. Me preguntaron si quería fumar y dije que sí, aunque no fumo. Fumo en pipa, bah, pero para eso tengo que estar en casa, relajado. Es evidente que no puedo pedir una pipa. Además, uno no fuma en una pipa que no es suya, en una pipa prestada, cualquiera lo sabe. Entre el fumador y su pipa se establece una relación muy particular. Pero me pareció adecuado fumar, aceptar un cigarrillo, tener algo para ocupar las manos.
El último que me hizo preguntas, por espacio de una hora, fue el Comisario Salerno. El pelo al rape, algo gordo, el nudo de la corbata demasiado apretado, las gotas de sudor cayendo sobre la goma verdosa.
Hace un calor del carajo.
En realidad no hay mucho para preguntar, me dijo. Cuando llegó la policía yo estaba sentado en el comedor, viendo la televisión. El canal de National Geographic. Estaba comiendo maníes, más precisamente maní japonés; es un maní que tiene una cascarita riquísima. Había estado tomando vodka caro, no recuerdo la marca, polaco o danés, me lo deben haber regalado.
Tatiana estaba tirada en la cocina. Llevaba puesto uno de los remerones largos que usa cuando sale de bañarse. Celeste o turquesa. El hacha había entrado en su cráneo desde atrás y desde arriba, con fuerza, y había roto el material de su cabeza como si se tratara de un melón. Cayó de inmediato, se derrumbó y atinó a girar la cabeza; en su rostro no había odio ni dolor, pero sí contrariedad. Era evidente que algo la había tomado por sorpresa y la había incomodado.
Había mucha sangre sobre las baldosas de la cocina, sangre por todos lados. Cuando la encontraron a Tatiana, a Tatu, todavía tenía un cucharón en la mano. Cuando la sorprendió el hachazo, estaba cocinando, ravioles, o sorrentinos, sí, sorrentinos, con tomate y albahaca.
Salerno me dice que no hay mucho que preguntar, porque cuando llegaron, avisados por algún vecino que oyó un grito, un golpe, algo, no había nadie más. La puerta del departamento estaba cerrada. No había sido un robo, no había sido una violación, no había sido nada. Yo estaba mirando la televisión, el canal de la National Geographic, eso ya lo dije, así me lo contaron, y Tatiana estaba tirada en la cocina, con el hacha clavada en mitad de la cabeza, y el cucharón en la mano.
Tomate y albahaca, eso le ponía a los ravioles, a los fideos, a los sorrentinos.
Encontraron para colmo, me dice Salerno, la boleta de la ferretería en uno de los bolsillos de mi saco. Dice: hacha ‘bosque’ mango corto. Al parecer, compré un hacha modelo ‘bosque’, así se llama, en la ferretería ‘Don Eliseo’. Me muestran la boleta, la boleta que estaba en el bolsillo de mi saco.
Salerno me pregunta si quiero más café, más cigarrillos, y ya que estamos, si tengo algo para decir. Si quiero decir algo.
Y entonces tendría que decir que Tatiana estaba desde hace un mes, todas las noches, diciendo que no viajamos, que nunca viajamos, que nunca vamos a ninguna parte.
Decía que estaba mal, que eso era algo terrible, porque viajar te abre la cabeza, decía ella que le había dicho alguien, el psicólogo o una amiga, qué se yo. Igual prefiero no decir nada.

8.12.07

Tres cosas hay en la vida

Aquellos que tienen salud, aquellos afortunados que tienen salud, suelen agregar, en medio de cualquier frase, como quien condimenta una ensalada, suelen decir ‘lo importante es la salud’.
Aquellos que tienen dinero, aquellos que tienen lo que Ortega y Gasset llamó ‘libertad acuñada’, suelen ver el mundo desde una óptica tan particular como pragmática. Pueden incluso llegar a afirmar ‘no podría vivir sin dinero’.
Aquellos que tienen amor, aquellos que han hallado en el amor, en el cariño, en el afecto, un verdadero refugio, aquellos que han hecho del amor un pilar que les permite sostener sus vidas, dicen ‘todo lo que necesitás es amor’.
En mi caso particular, como un niño frente a una juguetería, me quedo con el labio inferior ligeramente abierto, un índice en alto no demasiado rígido, sin hablar, sin moverme.
Porque preciso todo, me cuesta decidirme.

Pequeño artefacto

La mujer me cuenta el procedimiento. Me cuenta que cuando me pide que la llame, determinado día, a determinada hora, se da un baño y se prepara un café. Enciende un cigarrillo. Y se coloca el teléfono celular (pequeño artefacto de la más alta tecnología, por cierto) en el interior de la vagina. Entonces yo llamo, dejo sonar el teléfono varias veces. Ella no atiende.
Me cuenta, me explica, que cuando yo llamo y el teléfono suena y ella no atiende, es un momento muy intenso de la relación.
–Me hacés muy feliz –dice, no exenta de cierta emoción que hace brillar su pupila izquierda.
Está por llover. Miro por la ventana del bar, y está por llover.

5.12.07

Sin Stephen, sin King

Y es entonces, en una escena de la cotidianeidad más absurda, cuando el terror se desata.
Voy hacia las medias, voy a tomar las medias, y las medias, como roedores, me pasan entre las piernas en medio de un espeluznante chillido y corren a esconderse debajo del sillón.
Voy hacia los zapatos, intento agarrar un zapato, y el zapato, con un gracioso movimiento, a todas luces practicado y ensayado, se pone en puntas de pie, y me descarga un tacazo en el meñique de mi pie derecho. Aúllo de dolor.
Voy hacia la corbata, logro agarrarla de la cola, y la corbata se arquea en el aire, es una cobra, lanza su siseo de cobra y se dispone a inocularme su veneno en el rostro.
Es el terror, el más puro terror, lo que te quita el aliento, lo que te hace mover los ojos en círculos buscando una explicación, un escape.
O quizás no. Quizás no tengo ganas de ir a trabajar. Quizás estoy borracho.

1.12.07

Plegarias alternativas

*… y perdona, señor, a la gente que no se tira a la pileta porque no saben la temperatura del agua, perdona a todos aquellos macanudos que no se emborracharon nunca, que tomaron un poquito pero jamás demasiado, perdona a los que no se animaron a saltar, a los que no saltaron porque saltar implica estar en el aire y esa materia no se cursa en ningún colegio, perdona a los que aplauden en el cine aquello que jamás harían en la vida real, perdona a los que prefieren la milimétrica precisión del colesterol a una mirada, perdona a aquellos que cuando la magia golpea a sus puertas responden ‘equivocado’ o ‘ya dimos’, perdona a las dulces criaturas que escriben poemas fabulosos pero precisan de un escribano que certifique, que registre pesos y medidas, que haga constar en actas. perdona a esos tipos que dicen ‘a mí lo único que me importa son mis hijos’, pero un perro que renguea por la calle les resulta absolutamente indiferente, perdona a esas secretarias tan cansadas de saber que después de servir el café su jefe les mirará el culo, que casi les duele el culo y se lo quitarían si tan solo pudieran, y por primera vez veríamos que el estado abriría una oficina de devolución de culos, perdona a esos tipos que se sienten tan orgullosos de sus autos nuevos como sólo esos tipos podrían estarlo, perdona a esas muchachas voluntariosas y dispuestas a correr tremendas maratones nike feraldy y a gritar con énfasis en el túnel de libertador pero que no, de ninguna manera se levantarían de la cama para alcanzarte un vaso de agua (no es preciso que me tires de la goma, corazón, no te estreses, no hace falta). perdona señor a los fanáticos del viagra porque, como frankestein, no pueden evitar experimentar lo que es coger con la pija de otro, perdona a las mujeres que barren la vereda y son puro fastidio, no porque sepan que la vereda volverá a ensuciarse sino porque el mango del escobillón genera en sus callosas palmas reminiscencias, un dulce cosquilleo de formas olvidadas. perdona señor a los tipos que se aferraron a la religión o a un extracto bancario o a fútbol de primera, porque esto es un naufragio y de algo hay que aferrarse, perdona a la chicas que se miran las tetas frente al espejo y descubren que después de los treinta se quedarán sin armas. perdona a todos los que intuyen que es demasiado tarde y lo único que pueden hacer es viajar a cancun o comprar un plasma. perdónalos, señor, porque sí saben lo que hacen, porque lo saben perfectamente, porque tenían todo muy claro desde el principio, porque jamás dudaron. perdónalos, señor, porque se empacharán un domingo de julio comiendo tristes nugatones de bonafide mientras miran radiografías y fotos de un mundo repleto de cosas que nunca sucedieron por los siglos de los siglos. amén.

nos ponemos de pie, pasamos a la página 319, y nos preparamos para entonar ‘zona de promesas’, del pastor cerati, así, para la mierda, desafinando con energía, como les salga.

Ella hacía cosas geniales

Ella me cuenta que cuando era niña, sus padres la llevaban de vacaciones a Mar del Plata. Ya en Mar del Plata, de vacaciones, su padre le compraba alfajores. Pero aquí comenzaban los problemas; ella, la chica, aún más chica, no lograba decidir si quería comer alfajores de chocolate, o alfajores de dulce de leche. Los dos le gustaban. La elección se transformaba en un dilema insoluble.
Finalmente, la chica pedía que le compren una caja de doce alfajores, mixtos. Esto implicaba que la caja en cuestión tenía en su interior seis alfajores de chocolate, y seis alfajores de dulce de leche.
Pero ni aún así. La situación estaba lejos de ser resuelta.
Entonces la chica se encerraba en su dormitorio, provista de la caja de alfajores, y un cuchillo. Un cuchillo extremadamente afilado.
Pero no se mataba, no. Se dedicaba durante lo que se extendiera una tarde de lluvia a abrir los doce alfajores. Los abría de manera longitudinal, dejando con milimétrica precisión dos idénticas mitades.
Y luego, aquí venía el corazón del experimento, el rapto de extrema originalidad. Se dedicaba a pegar las mitades, cruzadas. Una mitad de un alfajor de dulce de leche, con una mitad de un alfajor de chocolate.
Finalizada la prodigiosa operación, los alfajores eran prolijamente envueltos. La chica ofrecía entonces, por la noche, a familiares y amigos, su creación. Un manjar todavía no descripto. Un sabor todavía no inventado.
Pero la gente, los receptores de los alfajores creados, se mostraban contrariados. Porque quien había elegido un alfajor de chocolate, no saboreaba el alfajor de chocolate tal como lo imaginaba. Y quien escogía un alfajor de dulce de leche, tampoco recibía un alfajor de dulce de leche en el sentido exacto.
Y la chica, que era entonces más chica, descubría que la mezcla de dos cosas buenas no provocaba necesariamente una mejor, que a veces la gente sólo se anima a lo que conoce, que a veces las mejores intenciones no tienen porqué conducir a los mejores resultados.