12.2.08

En el nombre del perro

La historia es más o menos así:
La mujer es viuda. La mujer tiene dinero, mucho dinero. La mujer tiene como cincuenta propiedades. La mujer vive en una mansión, con tres mucamas, y un perro que recogió de la calle, siendo cachorro. El perro es bigotudo, desprolijo, atorrante. El perro se llama Caruso.
La mujer, por una venta de una casa, conoce a un abogado, que es amigo de un amigo mío. El abogado cuenta la historia.
La mujer quedó satisfecha con los servicios del abogado en la venta de la casa. Le toma confianza. Le toma cariño.
La mujer está muy mayor, muy enferma. Sabe que va a morir. Contrata al abogado, al amigo de mi amigo, como albacea.
El hombre debe administrar los bienes de la mujer, ocuparse de la sucesión, que se cumpla su voluntad.
Aquí empieza lo interesante.
La mujer le deja un departamento al abogado, al albacea, un departamento pequeño a cada una de las mucamas, y todo el resto debe ser donado a obras de caridad.
Pero.
Pero mientras viva el perro, todo es del perro. Todo es de Caruso. Nada puede ser vendido, mientras Caruso esté con vida. Eso implica que mientras el perro viva, las mucamas viven en una mansión, con regios sueldos, sin otra cosa que hacer que alimentar al perro, y sacarlo a pasear dos veces por día, media hora cada vez. Hay un veterinario contratado para ir a ver al perro, una vez por semana, y presentar un informe acerca del estado de salud del perro. De Caruso. El veterinario cobra, por el mencionado servicio, una fortuna.
El abogado, el amigo de mi amigo, también cobra una fortuna, mes a mes, como albacea.
Todos los involucrados en la historia tienen la vida resuelta, mientras viva el perro. Cuando el perro muera, el 99% de la fortuna será donada, se entregará un departamento aquí y allá, y fin.
El veterinario fue a hablar con el abogado, el amigo de mi amigo, el otro día. Su tono era confidencial. Le dijo que tiene un perro similar, parecido, ideal para sustituir a Caruso cuando muera, y seguir con el esquema vigente, cinco o diez años más. Pero el abogado, el amigo de mi amigo, es abogado y respeta la ley y se comprometió a cumplir el mandato de una mujer moribunda. Sus más íntimas convicciones están en juego ahí. No puede hacer eso.
Una de las mucamas fue a ver al abogado. Le propuso llevar una perra, y que Caruso tenga un hijo. Esto fue algo que la viuda no contempló. Si Caruso tiene un hijo, será un legítimo heredero, y tendría derecho, tal vez, al mismo trato que Caruso. De esta forma se podría continuar, quién sabe por cuánto tiempo.
Sin haber recibido aprobación del abogado, la mucama introdujo una perra en la mansión, una perra en celo. Pero Caruso se dedica todo el día a estar echado sobre sus almohadones. Caruso se niega a fornicar. Las mucamas han llegado al extremo de intentar estimular al perro, de masturbarlo, preferiría no entrar en detalles. Pero Caruso no se digna a participar de una cópula canina.
En un parque, en un descuido, Caruso baja a la calle y es atropellado por un camión. Sufre un golpe tremendo, tiene conmoción cerebral, y fractura de las dos patas traseras.
Caruso permanece internado en la mejor clínica de la ciudad, recibiendo los cuidados de los más afamados especialistas.
Mientras en la sala de espera las mucamas, el veterinario, el abogado, y una simpática perra color té con leche, guardan un respetuoso silencio, y rezan para que Caruso no muera.

9.2.08

Entropía

1. Magnitud termodinámica que mide la parte no utilizable de la energía contenida en un sistema.
2. Medida del desorden de un sistema. Una masa de una sustancia con sus moléculas regularmente ordenadas, formando un cristal, tiene entropía mucho menor que la misma sustancia en forma de gas con sus moléculas libres y en pleno desorden.
3. Medida de la incertidumbre existente ante un conjunto de mensajes, de los cuales se va a recibir uno solo.
O quizás abrí la puerta desnudo. Eso fue todo.

Consejos prácticos de escasa utilidad

Cuando una pareja camina por la calle, cuando están juntos, felices de estar juntos a pesar de todo, dispuestos a luchar por algo que parece relevante, a insistir sin saber en qué, a intentar algo que podría denominarse un proyecto en común.
Cuando una pareja camina por la calle, decía, no debieran caminar abrazados, de ningún modo, ni del brazo, a la antigua usanza, ni siquiera de la mano.
La forma correcta de caminar es aquella en la cual uno de los miembros integrantes de la pareja, sostiene en su mano el meñique de una mano de su acompañante.
Es esta una delicada y exquisita forma de exhibir el afecto, la ternura, al tiempo que queda en evidencia la fragilidad de los piolines que sostienen una vida.

*No intente sostener durante la caminata el dedo meñique de un pie de su pareja. Las cosas tampoco funcionan así.

6.2.08

Tragediómetro

Si yo tuviera la oportunidad de terminar con el hambre en África, no lo haría.
Si yo tuviera la posibilidad de terminar con las catástrofes naturales, los terremotos, los tornados, no lo haría.
Si yo tuviera la chance de evitar, cada tanto, un accidente aéreo, no lo haría.
No quisiera yo dejarte sin tema de conversación, frente a tu propia vida.

2.2.08

Teoría, teorías

Fui al zoológico. Llevé una pizza grande napolitana con ajo para el cocodrilo, una botella de whisky Johnnie Walker etiqueta negra para la jirafa, chocolate con avellanas para el león.
Los animales me respondieron con su animal desinterés.
Habrá que darle algo de crédito a Darwin, nomás.

100.324

ahora que no estás
aprovecho para recordarte
de la mejor manera posible
y es cien mil
trescientas
veinticuatro
veces mejor que tu presencia


nada que vos hagas con tu vida
será mejor de lo que yo imagine.

te condeno a estampar
un modesto azulejo
de mi mente.


*este poema fue escrito hace años. ya saben lo que se dice en estos casos: era muy joven, no sabía lo que hacía.

30.1.08

Un kilo de éxito

A falta de talento en el sentido amplio del término, pero lleno de inquietudes, aún así, de deseos de vivir del arte, de firmar autógrafos, de recibir las mieles del éxito, decido llevar adelante un procedimiento ingenioso.
Los fines de semana, los días sábado, por lo general, voy a la frutería. Compro, entonces, por ejemplo, ciruelas, un kilo, por ejemplo, duraznos, un kilo.
A la mañana del lunes, me como una ciruela, o me como un durazno. Terminada la ingesta me queda el carozo. Lo chupo, elimino así cualquier resto del fruto.
Es entonces cuando, sin quitarme el carozo de la boca, me dirijo a los principales museos y galerías de arte de la ciudad. Pido ver al dueño, a la persona a cargo, aunque por lo general no consigo ver a nadie más allá del portero, del personal de seguridad.
Para resumir, propongo exponer el carozo. Digo que incluso estoy dispuesto a venderlo, si la suma que me ofrecen es adecuada.
En la mayoría de los casos soy echado a empujones, recibí incluso algún golpe de puño. Esto no me desanima ni me intimida. He leído acerca de la incomprensión y el rechazo que han debido afrontar los más brillantes artistas.

26.1.08

Detalles

En el bar, tomo el pocillo de café y me vuelco el contenido, con cuidadosa lentitud, sobre la pechera de la camisa. Abro un sobrecito de azúcar y me lo espolvoreo con ampulosidad por encima de la cabeza. Consigo engancharme una medialuna mordida detrás de mi oreja izquierda.
El mozo se me acerca y me pregunta si me siento bien.
–No –le digo–. Claro que no.

La música te transporta

Cuando escucho el cuarteto para cuerdas número 76, opus 35, de Haydn, visitan mi mente algunas cuestiones. Por ejemplo, no sé absolutamente nada sobre la vida de Haydn, no sé cuál fue su nacionalidad, ni cuántos años vivió, ni siquiera estoy seguro de la manera precisa en que se escribe su apellido. No sé el significado exacto de la palabra ‘opus’. Tampoco sé tocar ningún instrumento de cuerdas, bah, bien pensado, no sé tocar ningún instrumento.
Cuando escucho el cuarteto para cuerdas número 76, opus 35, de Haydn, comprendo que debe estar sonando la radio, la radio del reloj, la radio del reloj despertador. Y que debo levantarme, ir a trabajar.

23.1.08

Mercancía

La prostituta se llama Nancy, usa el cabello muy corto, tiene una carcajada franca y expansiva, todo en ella tiene una redondez tan lujuriosa como excesiva.
En el culo, en el ángulo superior externo de la nalga derecha, si la nalga derecha tuviera un ángulo superior, tiene tatuado un código de barras.
Le hago un comentario al respecto. No puedo dejar de elogiar su originalidad, su sentido del humor.
Ella, sin prestarle demasiada atención al tema, mientras se envuelve en un desteñido toallón color mostaza y me ofrece un whisky, me dice que su trabajo anterior era de cajera en un supermercado. Ahora, cada vez que alguien le toca el culo, ella puede ver que por fin es otra persona la que tiene que mover el producto, revisarlo, manipular la mercancía. Y a ella eso le huele a venganza, a revancha, la deja más tranquila.

19.1.08

En el circo

En el circo el elefante quiere ser payaso el payaso quiere ser león el león quiere ser la mujer barbuda la mujer barbuda quiere ser el enano el enano quiere ser trapecista el trapecista quiere ser domador el domador quiere ser el sujeto sentado en la boletería.
El sujeto sentado en la boletería quiere ser uno de los chicos que ríen y aplauden.

Mecánica de la adicción

Déjenme que les cuente cómo sucede. El premio se transforma en hábito. Así pasa. Y cuando el premio se transforma en hábito, uno debe aprender a encontrar nuevos premios, uno debe aprender a dejar viejos hábitos.
Y eso es una de las cosas más difíciles que se me ocurren en este momento.

16.1.08

Cualquier venganza

Camino por la calle y tropiezo con una cáscara de banana inexistente. Patino, tropiezo, y caigo. Escucho una carcajada, otra risa. Lo que ocurre es gracioso, mientras le suceda a otro, y un par de personas disfrutan de la escena, el sketch, ríen sin poder evitarlo.
Me acomodo sobre la vereda, boca arriba, las manos debajo de la nuca, las piernas extendidas.
Sé, me consta, que las cosas que dan alegría, pasado cierto tiempo, pierden su potencia, su efecto, y la alegría, el entusiasmo, la risa franca, se transforman sin que uno consiga entender qué sucedió, en algo diferente, en algo triste, de regusto amargo.
Y yo pienso quedarme tirado en la calle hasta que eso suceda.

12.1.08

Fragmento para el novio de la meteoróloga

En la televisión, en dónde podría ser, una mujer, aparentemente meteoróloga, aparentemente experta en meteorología, muestra un huracán que azota, eso dice, las Islas Bermudas. La mujer, puntero en mano, señala un ángulo de la pantalla y dice que el huracán es varias veces el tamaño de las islas. Y, no puede evitarlo, sonríe.
Este fragmento es, entonces, está dirigido, fue creado, para el novio de la meteoróloga. Para el ex novio de la meteoróloga, para ser más exacto. Para el muchacho que mira la pantalla, quién sabe dónde, y descubre que el tamaño sí importa. Que ella no le dijo la verdad. Que ella mentía.

Si todo fuera distinto

si las bicicletas tuvieran volante
si los clavos fueran tornillos
si después fuera parecido al antes
si el cielo fuera siempre amarillo.

si los perros no movieran la cola
si las lágrimas no fueran saladas
si no te hubieras quedado tan sola
si las cebras repudiaran ser rayadas.

si los autos se olvidaran de las ruedas
si la comodidad descansara en lo imperfecto
si bastara con que hagas lo que puedas.

si las mesas no usaran cuatro patas
si no tuvieran que ganar las ratas
si este poema valiera un ‘te quiero’.

9.1.08

Yo no lo haría, yo no lo haría (2), yo no lo haría (3)

Entonces el telépata me miró y dijo:
–Puedo leerte la mente.
–Te morirás de pena –respondí.

*

–Puedo leer tu mente –dijo el telépata.
–No se me ocurre en este momento un trabajo peor –respondí.

*

–Puedo leer tu mente –dijo el telépata.
–¿Tenés obra social? No creo que te lo cubra –respondí.

5.1.08

Lo que falta

Una persona amiga se muda. A un bello barrio, tranquilo. Su casa es amplia y agradable. La persona en cuestión, siguiendo al parecer una simpática tradición, hace una fiesta para inaugurar su nueva morada. Cada uno de los invitados hace un regalo.
Así que voy a una afamada mueblería y elijo la mejor silla que encuentro. La persona en cuestión, merecedora del obsequio, suele leer, suele escuchar música. La silla es la silla más perfecta que yo jamás haya visto.
Le solicito al vendedor que me atiende, tras afirmarle que voy a comprar la silla, y darle la dirección en la cual debe ser entregada la misma, que deseo un detalle. Pero no, no es un cambio en el color del tapizado, y no, tampoco se trata de un minúsculo grabado en la madera, una inicial a modo de recordatorio.
Lo que deseo es que tomen la pata delantera izquierda, y la acorten tres centímetros, cinco, como mucho. Sólo una pata.
El vendedor vuelve a preguntar, no entiende. Cree que tal vez, y aún así sería extraño, debe acortar las cuatro patas; se trata quizás de un regalo para un enano, una persona muy pequeña.
Pero no. Lo que deseo es que corten una pata. Siento que la persona receptora del regalo, con su nueva vivienda, ha alcanzado un grado de confort tal vez excesivo.
Y deseo regalarle alguna incomodidad, alguna molestia.

Esa es mi chica

Ella mira el flan cubierto con dulce de leche y crema con la misma concentración y entusiasmo con que alguien contemplaría un cuadro, La Gioconda, por ejemplo, en el Museo del Louvre.
Me pareció incluso que se movía un poco hacia un costado, para ver si el flan la seguía con la mirada, si le sonreía.

2.1.08

En esa esquina

Existe una esquina de Buenos Aires en la cual me vuelvo lindo. Es extraño, no consigo explicarlo, pero es así. Lo descubrí de casualidad, hace algunos años, porque tenía que hacerme un análisis de sangre para ingresar a un nuevo empleo. Me paro en esa esquina, o me siento en ese bar, y me vuelvo irresistible. Las mujeres se quedan embobadas del otro lado del cristal, como si hubieran visto al galán de cine que sólo habita en sus más insondables fantasías. Se detienen en la calle al verme, no pueden resistirlo. Una mujer dejó caer su cartera y se agarró la cabeza con las dos manos, la observé murmurar ‘no lo puedo creer’, de rodillas sobre la vereda. Una mujer extendió una palma y la apoyó contra el vidrio y se quedó en esa posición hasta que el dueño del bar le dijo a uno de los mozos que saliera y le preguntara a la mujer qué corno le pasaba, cosas así.
Una chica con dos colitas en el peinado y una pollera demasiado sugestiva entró y me pidió que le firmara el palo de hockey. Una mujer sentada en otra mesa con su novio fue al baño, y a la pasada dejó caer su corpiño junto a mi café. Cuatro chicas entraron y me ofrecieron ir a la casa de una que vivía cerca, y participar, yo, con ellas, de una orgía, con la única condición que las dejara tomar fotografías con sus teléfonos celulares.
El efecto, como una radiación, se extiende unos metros, aunque va decayendo en intensidad. A una cuadra de distancia todavía arranco alguna mirada, alguna sonrisa. Pero a las tres cuadras en cualquier dirección, vuelvo a ser el mismo de siempre. No despierto mayores simpatías.
Decidí no pasar por esa esquina, no sentarme en ese bar, nunca más. Porque es tan fuerte la fascinación que genero, y sobreviene una tremenda decepción a los pocos metros, que son martillazos del más puro desconcierto y les hace mal, quedan muy mal, les cuesta mucho recuperarse, pobrecitas.

29.12.07

Bienaventuranzas en oferta

Bienaventurados los que de chicos no tuvieron Nesquik, porque cuando la vida tenga para darles sólo Nescao podrán soportarlo.
Bienaventurados los mansos, los tranquilos, los que escucharon ese tema de Piero. Ya tuvieron suficiente castigo y las cosas deberían mejorar.
Bienaventuradas las jirafas porque a la hora de la tortícolis comprenden con absoluta claridad que tener un don implica también tener un castigo así de largo.
Bienaventurados los que tienen una mascota, un gato o un perro, ya que jamás recibirán cariño parecido de un ser humano.
Bienaventurados los que tienen mucho y son felices con poco, porque tener poco y ser feliz con mucho lo puede soñar cualquier tarado.
Bienaventurados los que nunca fueron los últimos y nunca serán los primeros. Tal vez puedan jugar y divertirse sin esa pesada carga.
Bienaventurados los que trabajaron de mozos, porque alguna vez habrán escupido una ensalada de frutas y es raro que Dios otorgue semejantes revanchas.
Bienaventuradas todas las mujeres que me odian, porque les he regalado a sus existencias algún motivo.
Bienaventurados los que conocieron el lujo y la miseria, los que cogieron con gráciles doncellas y bofes hercúleos, los que tomaron Pommery y sidra Marolio, porque ellos han comprendido lo bueno y lo malo sobre la faz de esta tierra, y no deberían tener inconvenientes para poder discernirlo donde quiera que vayan.
(Bola extra). Bienaventurados los que no rompen las pelotas, porque ellos tendrán un dos ambientes en el cielo, contrafrente, vista abierta, bajas expensas, vecinos tranquilos.

Fiesta, que fantástica, fantástica esta fiesta

Llego a la oficina temprano, muy temprano. Llevo traje y corbata, saludo a la gente de seguridad del edificio, me saludan. Hace calor. Cuando hace más de 23 grados a las ocho de la mañana, es porque el día será un infierno. Así que digo ‘hace calor’, y el portero me dice ‘hoy va a ser un infierno’.
Llevo una mochila, raro en mí. No tuve mochila, que yo recuerde, cuando era niño, así que desconozco su utilidad.
En la mochila llevo siete tarros de dulce de leche Chimbote. Los tarros son de un cartón muy duro. También llevo una cuchara, no, una especie de espátula de madera.
Me saco el saco (y me pongo el pongo, Marrone dixit). Me saco la corbata. Me desabotono uno, y luego dos botones de la camisa. Me remango. Saco los tarros y los abro con cuidado, como si se tratara de nitroglicerina. Son siete tarros de un kilogramo cada uno, abiertos sobre mi escritorio. Apilo las tapas. Las coloco dentro de una bolsa de nylon, y luego, otra vez dentro de la mochila.
Saco la espátula de madera. Está todo pensado. Lo pensé ayer a la noche, mientras me bañaba, antes de acostarme.
Así que empiezo. Hago lo pensado. Silbo algunas canciones de rock nacional, canciones conocidas de tiempos pasados.
Me paso media hora, cuarenta y cinco minutos, pintando las computadoras con dulce de leche. Pinto los teclados específicamente, repasando las teclas rebeldes, las teclas que no han sido pintadas con las pinceladas gruesas. Pinto todos los teclados de todas las computadoras que encuentro a mi paso.
Y me queda dulce de leche, y tiempo. Así que pinto uno que otro mouse, completo, y algunos monitores. A uno le hago una ‘X’ perfecta, a otro un asterisco, a otro un signo de pregunta, a otro un garabato.
Pasados cuarenta y cinco minutos, estoy satisfecho y transpirado. Guardo todos los tarros vacíos en la mochila, y la espátula. Me seco el sudor en el baño con una pequeña toalla de un verde pastel, me pongo la corbata, me pongo el saco, agarro la mochila, bajo a la calle.
En diciembre, cerca de las fiestas, la gente suele ponerse melancólica y expansiva, se llena de sentimientos nobles y puros, de ganas de ayudar, de sentirse hermanos de alguien, de sentirse parte de algo.
A mí se me da por ponerme gracioso.

26.12.07

Ladran, Sancho

A la vuelta de mi casa vive un perro que me odia. Cada vez que paso frente a él, se desespera, se subleva de una manera animal y única, es desbordado por un odio que lo enloquece.
El perro, atado a un poste, tensa la correa al límite de la propia asfixia, sus ojos podrían desprenderse de su rostro y rodar por la vereda, sus ladridos se apaciguan pura y exclusivamente cuando sobreviene la falta de oxígeno, sus dientes juran que mis pantorrillas jamás estarán a salvo sobre la faz de la tierra, su baba espesa quema las baldosas de la vereda como un ácido.
Aún cuando ya he seguido mi camino, aún cuando me he alejado mis buenos treinta y cinco metros, el perro continúa luchando por atacarme, por morderme, por terminar con mi absurda existencia.
−No entiendo qué le pasa –me dice una mujer que baldea la vereda, presumiblemente la dueña del animal−. Jamás lo había visto ponerse así, nunca, ni con un gato.
Reflexiono sobre la situación, el odio del animal, las palabras de la mujer.
Sólo me queda aceptar que ese perro me conoce, que sabe de mí, que sabe cosas.

22.12.07

Payasos

En la calle, en medio de todo lo que ocurre en la calle, un día cualquiera, me cruzo con un payaso. Sin mediar palabra, sin explicación, el payaso me abraza.
Tiene la cara pintada de blanco, tiene la nariz roja, tiene la boca pintada con una sonrisa lo suficientemente grande para abarcar el mundo, tiene un sombrerito pequeño y redondo con una flor cuyo tallo es un resorte, lo que transforma la flor en una antena vibrátil, tiene una corbata multicolor que se bambolea entre sus rodillas, tiene unos zapatones enormes, sobre los cuales se podrían parar siete personas y navegar por un río con rumbo desconocido.
−Dame un peso –me dice el payaso. Percibo que sus ropas son viejas y huelen a naftalina. Percibo que su sudor se asemeja a pilas sulfatadas.
−No –respondo. Me desprendo de él, de su abrazo.
Entonces el payaso hace algo curioso. El payaso se sienta sobre la vereda, y comienza a llorar. Llora con la energía con que sólo los chicos saben hacerlo. Llora como quien descubre que llorar es lo que mejor sabe hacer. Llora como quien comprende que lo único que quería era llorar, llorar para siempre, llorar hasta derretirse y desaparecer.
−Dame un peso, dale –dice− ¿No ves que estar contento es lo más difícil del mundo?

Bonito lema

Con las mejores intenciones, y los peores resultados.
Se me antoja esta mañana un bonito lema, una frase ideal para resumir mi vida, o para hacer una aproximación meramente descriptiva, o para un epitafio.
O para una despedida.

19.12.07

No tiene nada de malo pedir ayuda

La mujer es una profesional del sexo. Tiene las facciones duras, la expresión impiadosa de quien lleva tiempo haciendo barbaridades por dinero. Exuda capitalismo. El cuerpo hecho mercancía de cambio. Ya se ha dicho todo lo que se podía decir al respecto. Es un tema trillado.
Sentada junto a mí, bajo la luz violácea, sobre un sillón de cuerina color borgoña demasiado estereotipado para ser descripto, me susurra el tarifario. Le digo que no hace falta que me lo diga, que no es necesario, que el dinero no es problema, que la compensación será tan generosa como desproporcionada.
Se sorprende. Se alegra. Se incomoda. Desconfía. Todo su cuerpo, sus dedos, sus uñas, sus ojos, han adquirido la pátina de objeto, abandonando los atributos originales para los cuales, es de suponer, hayan sido creados. La mujer huele a cosa, a fatiga de materiales, a especulación, a oferta y demanda en el estado más puro que yo haya visto jamás.
La mujer me explica las diferencias de cotización entre bucal y facial, vaginal, anal, me explica que se puede hacer un trío, una orgía, lluvia dorada, utilización de aparatos, lesbianismo, sadomasoquismo, asfixia parcial: me explica cuánto cuesta filmarla copulando con un conejo de angora, o mientras le chupa los dedos de los pies a un enano, o quemarle los pelos del culo con un encendedor, o que ella se disfrace de hombre araña y me muela a palos. Y sigue. Ella recita una lista que parece no terminar nunca. Está dispuesta a fornicar con un maniquí, con la mano de un muerto, con una tira de asado.
Le pregunto cuál es su tarifa máxima, y le aseguro que voy a pagarle el doble. Lo que deseo es que tome entre sus manos mi pito y lo sostenga como si se tratara de un gorrión, un colibrí, un ave con un ala rota. Que lo sostenga, lo acune, lo cobije, nada más. Es posible, le digo, que en determinado momento yo apoye una mano sobre uno de sus hombros. O le toque un muslo, apenas. O le acomode un mechón de cabello detrás de una oreja. Serán unos diez minutos, o quince. No más.
Eso es todo lo que necesito, le digo, y un whisky decente. Alguien que me cambie este trago.

15.12.07

Connotación peyorativa

No necesariamente todo lo que conocemos como ‘colateral’ es negativo. Tal vez la connotación peyorativa tenga que ver con los medicamentos, o con la guerra. Sin embargo, por ejemplo, siempre hay un ejemplo, dicen que gracias a que el hombre llegó a la luna, gracias a los viajes espaciales, se inventó el teflón. Inventado el teflón, no tardaron mucho en inventar las sartenes de teflón. El invento fue fortuito. También sus derivaciones. Ahí lo tienen: el hombre quiere llegar a la luna, y terminamos en sartenes de teflón.
Podría buscar más ejemplos, muchos más. Podría seguir.
Ahora mismo, mientras te veo cocinar. Siento deseos de ir a la luna.

Así pasa, o sic transit, o como más te guste

Sucede que te preparás y te preparás para algo que no va a suceder nunca. Sucede que estudiás dónde queda el mar Báltico y que todo cuerpo sumergido en agua recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al volumen de agua desalojado, pero cuando se cae el avión, se cae el avión, y eso es todo lo que cuenta. Sucede que trabajás y volvés a trabajar como quien pica una piedra sin saber cuál se supone que debe ser el resultado final, y después de veinte años de oficina un doctor observa los estudios, se acomoda los lentes sobre el enrojecido puente de su inconcebible nariz, y uno percibe que algo se ha complicado mucho más allá de la propia capacidad de entendimiento.
Sucede que no había nada para lo que prepararse, y la persona a la que te gustaría hablarle está bajo ese absurdo rectángulo de tierra, y el sol te seca las lágrimas antes que se atrevan a ponerse a correr como ratones locos.
Sucede que todos los dones que han venido de visita se irán, y eso es más que suficiente castigo.

12.12.07

Viajes

La sala de interrogatorios es más o menos como en las películas, no hace falta ponerse en detallista, no hace falta aburrir. Más berreta, eso sí, todo es mucho más berreta, pero la idea de fondo, lo que subyace, es lo mismo.
Las paredes están forradas de corcho, y en algunas partes de ese cartón que se usa para las cajas de huevos. Se trata, supongo, de una insonorización ‘sui generis’. Hay una mesa empotrada al piso, y dos sillas de material parecido al aluminio, aunque no creo que sea aluminio. El suelo, el piso, es de goma, de una goma color verde agua o musgo, un verde podrido, un verde que nadie con una pizca de criterio hubiera elegido jamás como color para un piso. El piso está lleno de marcas, pequeños círculos del tamaño de una moneda, donde se han incrustado millones de veces las patas de las sillas. Hay cenizas de cigarrillos esparcidas por todas partes.
Hay poca luz, una luz mortecina de tinte azulado, que da sueño. Hay una ventana por donde dos agentes, o tres, me están observando, aunque yo no puedo verlos. Como en las películas.
Estuve esposado pero me quitaron las esposas para que pueda tomar un café aguachento y gris que me trajeron en un vasito de plástico. Me preguntaron si quería fumar y dije que sí, aunque no fumo. Fumo en pipa, bah, pero para eso tengo que estar en casa, relajado. Es evidente que no puedo pedir una pipa. Además, uno no fuma en una pipa que no es suya, en una pipa prestada, cualquiera lo sabe. Entre el fumador y su pipa se establece una relación muy particular. Pero me pareció adecuado fumar, aceptar un cigarrillo, tener algo para ocupar las manos.
El último que me hizo preguntas, por espacio de una hora, fue el Comisario Salerno. El pelo al rape, algo gordo, el nudo de la corbata demasiado apretado, las gotas de sudor cayendo sobre la goma verdosa.
Hace un calor del carajo.
En realidad no hay mucho para preguntar, me dijo. Cuando llegó la policía yo estaba sentado en el comedor, viendo la televisión. El canal de National Geographic. Estaba comiendo maníes, más precisamente maní japonés; es un maní que tiene una cascarita riquísima. Había estado tomando vodka caro, no recuerdo la marca, polaco o danés, me lo deben haber regalado.
Tatiana estaba tirada en la cocina. Llevaba puesto uno de los remerones largos que usa cuando sale de bañarse. Celeste o turquesa. El hacha había entrado en su cráneo desde atrás y desde arriba, con fuerza, y había roto el material de su cabeza como si se tratara de un melón. Cayó de inmediato, se derrumbó y atinó a girar la cabeza; en su rostro no había odio ni dolor, pero sí contrariedad. Era evidente que algo la había tomado por sorpresa y la había incomodado.
Había mucha sangre sobre las baldosas de la cocina, sangre por todos lados. Cuando la encontraron a Tatiana, a Tatu, todavía tenía un cucharón en la mano. Cuando la sorprendió el hachazo, estaba cocinando, ravioles, o sorrentinos, sí, sorrentinos, con tomate y albahaca.
Salerno me dice que no hay mucho que preguntar, porque cuando llegaron, avisados por algún vecino que oyó un grito, un golpe, algo, no había nadie más. La puerta del departamento estaba cerrada. No había sido un robo, no había sido una violación, no había sido nada. Yo estaba mirando la televisión, el canal de la National Geographic, eso ya lo dije, así me lo contaron, y Tatiana estaba tirada en la cocina, con el hacha clavada en mitad de la cabeza, y el cucharón en la mano.
Tomate y albahaca, eso le ponía a los ravioles, a los fideos, a los sorrentinos.
Encontraron para colmo, me dice Salerno, la boleta de la ferretería en uno de los bolsillos de mi saco. Dice: hacha ‘bosque’ mango corto. Al parecer, compré un hacha modelo ‘bosque’, así se llama, en la ferretería ‘Don Eliseo’. Me muestran la boleta, la boleta que estaba en el bolsillo de mi saco.
Salerno me pregunta si quiero más café, más cigarrillos, y ya que estamos, si tengo algo para decir. Si quiero decir algo.
Y entonces tendría que decir que Tatiana estaba desde hace un mes, todas las noches, diciendo que no viajamos, que nunca viajamos, que nunca vamos a ninguna parte.
Decía que estaba mal, que eso era algo terrible, porque viajar te abre la cabeza, decía ella que le había dicho alguien, el psicólogo o una amiga, qué se yo. Igual prefiero no decir nada.

8.12.07

Tres cosas hay en la vida

Aquellos que tienen salud, aquellos afortunados que tienen salud, suelen agregar, en medio de cualquier frase, como quien condimenta una ensalada, suelen decir ‘lo importante es la salud’.
Aquellos que tienen dinero, aquellos que tienen lo que Ortega y Gasset llamó ‘libertad acuñada’, suelen ver el mundo desde una óptica tan particular como pragmática. Pueden incluso llegar a afirmar ‘no podría vivir sin dinero’.
Aquellos que tienen amor, aquellos que han hallado en el amor, en el cariño, en el afecto, un verdadero refugio, aquellos que han hecho del amor un pilar que les permite sostener sus vidas, dicen ‘todo lo que necesitás es amor’.
En mi caso particular, como un niño frente a una juguetería, me quedo con el labio inferior ligeramente abierto, un índice en alto no demasiado rígido, sin hablar, sin moverme.
Porque preciso todo, me cuesta decidirme.

Pequeño artefacto

La mujer me cuenta el procedimiento. Me cuenta que cuando me pide que la llame, determinado día, a determinada hora, se da un baño y se prepara un café. Enciende un cigarrillo. Y se coloca el teléfono celular (pequeño artefacto de la más alta tecnología, por cierto) en el interior de la vagina. Entonces yo llamo, dejo sonar el teléfono varias veces. Ella no atiende.
Me cuenta, me explica, que cuando yo llamo y el teléfono suena y ella no atiende, es un momento muy intenso de la relación.
–Me hacés muy feliz –dice, no exenta de cierta emoción que hace brillar su pupila izquierda.
Está por llover. Miro por la ventana del bar, y está por llover.

5.12.07

Sin Stephen, sin King

Y es entonces, en una escena de la cotidianeidad más absurda, cuando el terror se desata.
Voy hacia las medias, voy a tomar las medias, y las medias, como roedores, me pasan entre las piernas en medio de un espeluznante chillido y corren a esconderse debajo del sillón.
Voy hacia los zapatos, intento agarrar un zapato, y el zapato, con un gracioso movimiento, a todas luces practicado y ensayado, se pone en puntas de pie, y me descarga un tacazo en el meñique de mi pie derecho. Aúllo de dolor.
Voy hacia la corbata, logro agarrarla de la cola, y la corbata se arquea en el aire, es una cobra, lanza su siseo de cobra y se dispone a inocularme su veneno en el rostro.
Es el terror, el más puro terror, lo que te quita el aliento, lo que te hace mover los ojos en círculos buscando una explicación, un escape.
O quizás no. Quizás no tengo ganas de ir a trabajar. Quizás estoy borracho.

1.12.07

Plegarias alternativas

*… y perdona, señor, a la gente que no se tira a la pileta porque no saben la temperatura del agua, perdona a todos aquellos macanudos que no se emborracharon nunca, que tomaron un poquito pero jamás demasiado, perdona a los que no se animaron a saltar, a los que no saltaron porque saltar implica estar en el aire y esa materia no se cursa en ningún colegio, perdona a los que aplauden en el cine aquello que jamás harían en la vida real, perdona a los que prefieren la milimétrica precisión del colesterol a una mirada, perdona a aquellos que cuando la magia golpea a sus puertas responden ‘equivocado’ o ‘ya dimos’, perdona a las dulces criaturas que escriben poemas fabulosos pero precisan de un escribano que certifique, que registre pesos y medidas, que haga constar en actas. perdona a esos tipos que dicen ‘a mí lo único que me importa son mis hijos’, pero un perro que renguea por la calle les resulta absolutamente indiferente, perdona a esas secretarias tan cansadas de saber que después de servir el café su jefe les mirará el culo, que casi les duele el culo y se lo quitarían si tan solo pudieran, y por primera vez veríamos que el estado abriría una oficina de devolución de culos, perdona a esos tipos que se sienten tan orgullosos de sus autos nuevos como sólo esos tipos podrían estarlo, perdona a esas muchachas voluntariosas y dispuestas a correr tremendas maratones nike feraldy y a gritar con énfasis en el túnel de libertador pero que no, de ninguna manera se levantarían de la cama para alcanzarte un vaso de agua (no es preciso que me tires de la goma, corazón, no te estreses, no hace falta). perdona señor a los fanáticos del viagra porque, como frankestein, no pueden evitar experimentar lo que es coger con la pija de otro, perdona a las mujeres que barren la vereda y son puro fastidio, no porque sepan que la vereda volverá a ensuciarse sino porque el mango del escobillón genera en sus callosas palmas reminiscencias, un dulce cosquilleo de formas olvidadas. perdona señor a los tipos que se aferraron a la religión o a un extracto bancario o a fútbol de primera, porque esto es un naufragio y de algo hay que aferrarse, perdona a la chicas que se miran las tetas frente al espejo y descubren que después de los treinta se quedarán sin armas. perdona a todos los que intuyen que es demasiado tarde y lo único que pueden hacer es viajar a cancun o comprar un plasma. perdónalos, señor, porque sí saben lo que hacen, porque lo saben perfectamente, porque tenían todo muy claro desde el principio, porque jamás dudaron. perdónalos, señor, porque se empacharán un domingo de julio comiendo tristes nugatones de bonafide mientras miran radiografías y fotos de un mundo repleto de cosas que nunca sucedieron por los siglos de los siglos. amén.

nos ponemos de pie, pasamos a la página 319, y nos preparamos para entonar ‘zona de promesas’, del pastor cerati, así, para la mierda, desafinando con energía, como les salga.

Ella hacía cosas geniales

Ella me cuenta que cuando era niña, sus padres la llevaban de vacaciones a Mar del Plata. Ya en Mar del Plata, de vacaciones, su padre le compraba alfajores. Pero aquí comenzaban los problemas; ella, la chica, aún más chica, no lograba decidir si quería comer alfajores de chocolate, o alfajores de dulce de leche. Los dos le gustaban. La elección se transformaba en un dilema insoluble.
Finalmente, la chica pedía que le compren una caja de doce alfajores, mixtos. Esto implicaba que la caja en cuestión tenía en su interior seis alfajores de chocolate, y seis alfajores de dulce de leche.
Pero ni aún así. La situación estaba lejos de ser resuelta.
Entonces la chica se encerraba en su dormitorio, provista de la caja de alfajores, y un cuchillo. Un cuchillo extremadamente afilado.
Pero no se mataba, no. Se dedicaba durante lo que se extendiera una tarde de lluvia a abrir los doce alfajores. Los abría de manera longitudinal, dejando con milimétrica precisión dos idénticas mitades.
Y luego, aquí venía el corazón del experimento, el rapto de extrema originalidad. Se dedicaba a pegar las mitades, cruzadas. Una mitad de un alfajor de dulce de leche, con una mitad de un alfajor de chocolate.
Finalizada la prodigiosa operación, los alfajores eran prolijamente envueltos. La chica ofrecía entonces, por la noche, a familiares y amigos, su creación. Un manjar todavía no descripto. Un sabor todavía no inventado.
Pero la gente, los receptores de los alfajores creados, se mostraban contrariados. Porque quien había elegido un alfajor de chocolate, no saboreaba el alfajor de chocolate tal como lo imaginaba. Y quien escogía un alfajor de dulce de leche, tampoco recibía un alfajor de dulce de leche en el sentido exacto.
Y la chica, que era entonces más chica, descubría que la mezcla de dos cosas buenas no provocaba necesariamente una mejor, que a veces la gente sólo se anima a lo que conoce, que a veces las mejores intenciones no tienen porqué conducir a los mejores resultados.

28.11.07

Forever otro

Desde que he dejado la adolescencia, desde que he ingresado, por decirlo de alguna forma, en la vida adulta, suelo sentarme en un bar, cualquiera, y fantaseo. El objeto de mi fantasía es lo maravillosa que podría ser mi vida con sólo intentarlo, o con un golpe de suerte, según el caso. Liberarme de mi asquerosa rutina como un elefante que se sacude y ruge o brama o como corno se llame el sonido que hace un elefante cuando se sacude. Liberarme, decía, y dedicar mi vida a hacer cosas maravillosas que siempre hacen otros. Dedicar mi vida, entonces, a ser otro.
Pero si fuera otro, estoy seguro, desearía ser el sujeto sentado en la mesa de un bar, con su cuaderno de tapa dura y su birome, el sujeto que mira por la ventana y fantasea con despreocupación, acerca de todo lo que no será jamás.

24.11.07

Ni sano, ni enfermo

Entonces fui al doctor y le dije que me sentía mal, muy mal, que nunca me había sentido tan mal en mi vida. Sino, jamás hubiera ido a un doctor. Cuando uno acepta transformarse en mercancía de otra disciplina, es un momento de claudicación extrema.
Le dije al doctor que me dolía la cintura y el estómago, le dije que se me adormecía detrás de las piernas y que sentía un cosquilleo en el corazón, le dije que me temblaba un párpado movido por piolines desconocidos, le dije que sentía pinchazos en la nuca como si un chino pequeño y meticuloso hubiera decidido torturarme con agujas hirvientes, le dije que no podía definir si me costaba más pishar o respirar o bajar de la cama por la mañana, le dije que no podía dormir ni prestar atención, le dije que se me paspaba la ingle derecha hasta adquirir ese particular y único tono violáceo que tenían los muñequitos de vidrio que se vendían en Necochea, esos que cambiaban de color de acuerdo al clima.
El doctor se lo pensó un rato teatralmente largo. El doctor acomodó un cenicero de vidrio que semejaba una calavera a la cual le hubieran cercenado la tapa de los sesos. El doctor limpió sus gafas de lectura con el faldón de un delantal que debió ser blanco alguna vez, y había ido adquiriendo un color amarillo nicotina. El doctor se sacó un pedazo de lechuga que tenía entre los dientes. El doctor me miró.
–Usted está gordo –me dijo.
Ya lo sabía. Le di la mano y le dije que ya lo sabía.

El camino del saber

Si se toma un hámster, un simpático hámster, puede ser blanco, puede tener alguna mancha irregular color café con leche. Si se toma un hámster, decía, y se le coloca un enchufe en el culo y se le aplica corriente, el animal exhibirá sus puntiagudos dientes en una mordida apretada, se notarán ciertos rasgos de exoftalmia, se le chamuscarán los pelos del bigote.
Si al día siguiente, otro día, se toma otro hámster, y se le aplica el mismo enchufe en el culo, y se le da corriente, el hámster se erguirá graciosamente sobre sus patas traseras, y sosteniendo con una patita un imaginario micrófono, entonará un tema a elección de Frank Sinatra, imitando la particular e inconfundible cadencia de su voz, lo que equivale a decir imitando la voz de ‘la voz’.
Es preciso comprender que cuando están involucrados seres vivos, idéntico estímulo no tiene porqué ir seguido de idéntica reacción.

*ningún animal fue dañado durante la escritura de este fragmento.

21.11.07

Todo lo que no sé de automóviles, y más

Alquilo un espacio temporario, una cochera, en un garage, a unas tres cuadras de donde vivo, para guardar el auto. Las calles se han puesto algo peligrosas, las costumbres han cambiado. Si uno deja el automóvil en la vía pública, el mismo es depredado con una voracidad inverosímil. Te dejan un llavero, te dejan nada.
El hombre que trabaja en el garage en el turno noche se llama Pedro o Carlos, o Master, o Titán. Me dice que cuando le agarra sueño, a la madrugada, cuando cierra los ojos e intenta que descansen un poco sus varicosos pies, de pronto es despertado por ruidos extraños en el piso superior. Algún chirrido producto del contacto entre metales, el rebote de un par de neumáticos, con rítmica intermitencia, contra el piso, un vidrio que cruje, cosas raras.
Al principio creyó que alguien podía estar cometiendo actos de vandalismo, intentando robar, aunque le parecía poco probable. Cuando Carlos o Pedro, Master o Titán, subía a revisar, encontraba un chorro de algún extraño líquido sobre el piso, un espejo roto, un auto, por insólito que parezca, cambiado de lugar.
–¿En qué quedamos? ¿Ladrones o fantasmas? –Hace calor y es tarde. Me quiero ir a dormir. Mañana tengo que ir a trabajar.
Pedro o Carlos o Master o Titán me mira con una paciente ternura, como yo miraría a un niño pequeño con alguna discapacidad evidente.
Su teoría es que hay determinadas noches donde algunos autos, los que se gustan, aprovechan para fornicar.

17.11.07

Bellezas naturales

El turismo es conocido, no sé quién acuñó la frase, como ‘la industria sin chimeneas’. El turismo es una gran cosa. El turismo ha permitido que países arrasados por la impericia o la guerra, países a los cuales no parecía quedarles la más mínima oportunidad, países y pueblos que parecían condenados a la extinción, pudieran renacer. Milagros hechos porque la curiosidad es capaz de hacer que alguien recorra medio mundo con tal de observar cómo se desmorona una pared de hielo, cómo ruge una catarata, qué tan alto se puede subir una montaña.
Esa gente, esa raza dotada de curiosidad, del deseo de buscar, de conocer los milagros de la naturaleza. Esa fuerza que los mueve, esa pulsión que los guía.
Sin embargo, cuando las fortuitas circunstancias me ponen en contacto con alguna representante del sexo femenino de este grupo de aventureros y le ofrezco, sin mayores sutilezas, la posibilidad de contemplar o de entrar en contacto con mis genitales, no quisiera extenderme en detalles que pudieran derrapar en la grosería, la respuesta es por la negativa.
La situación me inquieta, me intriga, me obliga a repensar sobre qué ocultas fuerzas y extrañas motivaciones son las que mueven al turismo.

Sí, seguro

Cuando el cuerpo comienza a mostrar que no es una maquinaria ni tan maravillosa ni tan infalible, cuando se cae una muela o el pelo, cuando se arruga un pezón, es un excelente momento para comenzar a creer en el alma.
Cuando el deseo se escurre como una luz debajo de una puerta, cuando se marchita una vulva, cuando la flaccidez de un pito resulta inocultable, es una ocasión propicia para entender la prístina pureza de la amistad, la compañía, porqué no el amor.
Cuando no se tiene un solo peso, cuando no se pueden comprar cigarrillos o un café, es buena circunstancia para maravillarse con una caminata y un atardecer.
Me sorprende descubrir el noble fluido que habita en las más íntimas convicciones.

14.11.07

Desesperaciones

Absolutamente desesperado y más. Absolutamente desesperado y mucho peor. Absolutamente desesperado y seguís. Absolutamente desesperado y te servís otra porción. Absolutamente desesperado y no entendés qué fue lo que pasó. Absolutamente desesperado como un minero al que se la apagó la luz del casco en el peor momento, sin explicación. Absolutamente desesperado y sonreís. Absolutamente desesperado y pedís la cuenta. Absolutamente desesperado y las galeras hacen huelga de conejos. Absolutamente desesperado, ¿vos no?

10.11.07

Kung Fu (sin el bolsito)

Me pasa últimamente que pido un alfajor en un kiosco, y me dan dos pilas chicas. Me pasa que pido sexo, y me dan amor. Me pasa que pido dinero, y me dan trabajo.
Me pasa últimamente que la gente es boluda, que no me entiende.

Blasfemo

Los premios y castigos son una de las pocas cosas que permiten, por lo que dura un instante, ordenar el caos. La comprensión de algo, por tremendo que sea, da cierto alivio. El orden encontrado permite alinear los planetas hasta el próximo sacudón.
Cuando los dientes amarillos corresponden al que fuma setenta y dos cigarrillos diarios, todos se relajan. Si se descubre que la calvicie está en conexión directa con la ingesta de chocolate en rama durante la pubertad, mucho mejor.
Si el que triunfa en cualquier rubro del horóscopo tiene un rasgo que lo hace parecer descendiente directo de Ra, dios del sol, es entendible.
El problema es cuando sucede el cáncer o el prodigio, el infarto o la teta perfecta, el piano sobre la cabeza de una madre abnegada, o el premio de lotería para un asesino confeso.
El problema es cuando vislumbramos que tal vez Dios no sea magnánimo ni esté demasiado ocupado, no sea travieso ni misericordioso, ni justo ni arbitrario.
Sino tal vez como todos nosotros, de a ratos, indiferente.

7.11.07

El psicoanálisis ayuda

El otro día soñé que cogía con una sandía. Le había hecho un pequeño orificio a la altura de la mitad, y había quitado un círculo de unos cinco centímetros de diámetro, como quien quita el tapón de una bañera. Luego había colocado la sandía sobre el parquet y me había arrojado encima. Recuerdo que la escena transcurría en una habitación desconocida para mí. Había un perchero, y sobre el perchero había una lechuza que parecía seguir atentamente la escena. Aunque no estoy en condiciones de afirmar si la lechuza estaba viva o embalsamada. Los ojos amarillos de la lechuza apuntaban en dirección a la sandía, pero no parpadeaban. Aunque las lechuzas no se caracterizan por parpadear.
Y esa es la escena que soñé la otra noche, doctor. Yo me retorcía un poco sobre la sandía, y la lechuza miraba, y no recuerdo mucho más.
No se vaya, doctor, espere, todavía no le pagué la consulta. Por favor no se vaya.

3.11.07

A vos te falta motivación

Lo interesante es que la vida continúa.
Lo interesante es que te pisa un tren y te deja las piernas como dos escarbadientes usados, y la vida continúa.
Lo interesante es que te roban y el ladrón te clava una percha oxidada en un ojo, y te quedás bajo la lluvia pensando que te falta la billetera y el ojo, y la vida continúa.
Lo interesante es que tu chica fornica con el verdulero, y con el carnicero de manos elefantiásicas que apestan a carne picada, y con el vecino jorobado del séptimo b, y con tu prima, y con el fox terrier pelo duro de tu hijo, y la vida continúa.
Lo interesante es que de chico pensás lo que vas a ser cuando seas grande, y de grande pensás qué habrás hecho de chico para tener el colesterol tan alto, y la vida continúa.
Lo interesante es que casi todo el tiempo lo que tiene sentido no tiene explicación, y lo que tiene explicación no tiene sentido, y la vida continúa.
Y después te morís, y la vida continúa.

Un secreto

De chiquito se reían de mí. Tenía la frente demasiado amplia, la nariz demasiado grande, algo raro en la mirada, en la forma de expresarme, en mi manera de andar.
No era aceptado, entonces, ni querido, ni elegido para jugar al fútbol o para bailar. Mis amigos armaban reuniones cuya clave era la expresa exclusión de mi persona, que yo no supiera, que no me enterara. En el juego ‘verdad o consecuencia’, que algunos de ustedes conocerán, las chicas elegían ‘verdad’, conmigo, siempre, porque la sola idea de tener que darme un beso las ponía mal. Por más que quise, por más que me esmeré, por más que hice mis mejores esfuerzos, no pude bailar un lento durante toda la adolescencia, nadie quiso bailar conmigo, ni las gordas, ni las rengas, nadie quiso abrazarme jamás.
Ahora, deliciosas criaturas me ofrecen sus favores, sus honduras, con llamativo entusiasmo.
Ahora, simpáticos muchachones me convocan a reuniones en salones donde se bebe el mejor whisky, se fuman los mejores puros, y la gente se dedica a reír, a conversar.
Ahora, la gente me mira y se preguntan cómo es posible que yo exista, tan inteligente y atractivo, tan talentoso, tan pijudo, tan genial.
Y yo no digo nada, no puedo decir nada, no tengo nada para decir, pero si tuviera que decir algo diría que lo que sucede es ajeno a mi voluntad, una reacción del cuerpo, un desesperado anhelo, algo que crece y se manifiesta contra todo pronóstico, como una flor en medio del desierto, unas tremendas ganas del tamaño de una tormenta, porque a mí nunca nadie me quiso abrazar.

31.10.07

Idoneidad

Mi amigo L. es psicólogo. Me explica que para ser un buen psicólogo, para llevar adelante una sesión de psicoanálisis con idoneidad, hacen falta tres cosas, a saber:
Disociación instrumental.
Atención flotante.
Análisis personal.
–¿Y un mal psicólogo? ¿Qué hace? –le pregunto.
–Lo mismo –me responde–. Exactamente lo mismo. Pero pensando qué va a cenar.

27.10.07

Treinta y tres segundos

Los domingos, donde vivo, hay un perro que ladra. Es un corto, agudo y desesperado ladrido. Cada treinta y tres segundos. Lo he cronometrado. Desde las diez de la mañana, hasta las diez de la noche.
El perro ladra, porque lo han dejado solo. Es una queja, es un grito, es la desesperación hecha ladrido. Al perro lo han dejado solo, y es algo que no consigue entender. Si yo tuviera que definir la angustia, si tuviera que ponerle un sonido, sería ese ladrido.
Conozco a ese perro.
Lo he visto un martes o un jueves, mientras es paseado por su dueño. Es de un beige claro, el perro, con el hocico rosado, los ojos exoftálmicos y la barbilla blanquecina. Tiene los ojos legañosos y luce preocupado. Tal vez porque sabe, día más, día menos, que lo aguarda un próximo domingo. Es la perruna preocupación que lo atormenta.
Camina con dificultad, con las patas arqueadas. Está algo gordo. Es un perro pequeño.
La gente del edificio, los domingos, a la hora de la siesta, le gritan que se calle. Le dicen perro de mierda. Le tiran cosas, porque el perro está en un patio, en el primer piso.
Me arrodillo sobre la vereda, y con una mano lo obligo a levantar la trompa. Nos miramos. Y lanzo un corto ladrido, no tan agudo, tal vez. Desesperado.

No te quiero más

–Beto.
–Sí.
–Beto, te estoy hablando. Prestame atención.
–Sí, decime.
–No te quiero más.
–Bueno.
–¿Me escuchaste?
–Sí, te escuché.
–¿Y no me decís nada?
–No.
–Te voy a dejar. Ya está, ya te lo dije. Te lo quería decir desde hace tres meses, pero no me animaba.
–Bueno, ya te animaste.
–¡Te voy a dejar, Beto!
–Sí, lo entiendo.
–Conocí a otra persona. Me estoy viendo con otra persona.
–Es normal.
–¡Es un amigo tuyo, Beto!
–Ajá.
–¿No querés saber quién es? ¿No me vas a preguntar quién es?
–No.
–Es Gerardo, Beto.
–Gerardo, mirá vos.
–Nos empezamos a ver después de la fiesta de Verónica, que vos no me quisiste acompañar. Y yo estaba sola y me quería divertir. Y nosotros ya andábamos mal. Porque nosotros andamos mal desde hace mucho, Beto.
–Todo el mundo anda mal.
–Gerardo me quiere. Me dijo que me quiere. Gerardo me cuida. Me dijo que me quiere cuidar.
–Puede ser cierto.
–Me dijo que nunca le había pasado algo así. Las ganas de verme, las ganas de estar conmigo.
–Gerardo está muy solo.
–Me dijo que no puede vivir sin mí. Que estas cosas pasan una vez en la vida. Que no perdamos esta exquisita oportunidad.
–¿Dijo ‘exquisita’?
–¿Qué?
–Si dijo ‘exquisita’, si usó la palabra ‘exquisita’.
–No, creo que no. ¿Qué importancia tiene?
–Me sonaba raro, no es una palabra de él.
–¡Me quiere, Beto!
–Puede pasar.
–Me costó mucho dar el salto, Beto. No me animaba, pensé que no iba a poder saltar.
–Ya saltaste.
–Si Ana no me hubiera apoyado, no hubiera podido. Sola no hubiera podido.
–¿Quién es Ana?
–Mi terapeuta, Beto. Estuve yendo tres veces por semana durante los últimos seis meses.
–¿Seis meses?
–Sí, seis meses. Sin el apoyo de Ana, no hubiera podido decírtelo.
–Raro. El cumpleaños de Verónica fue hace dos meses.
–¡No importa, Beto! ¡Eso no importa! ¡Lo importante es que ya no te quiero! ¡Lo importante es que tengo una oportunidad de ser feliz! ¡Y yo quiero ser feliz!
–Todos queremos ser felices. Con Gerardo, me dijiste.
–Sí, con Gerardo. Nos vamos a vivir juntos. Bah, me voy a vivir a su casa, por ahora. Pero nos vamos la semana que viene a pasar unos días a la costa. Para estar juntos, tranquilos. Y nos queremos casar.
–Te felicito.
–Ya está, ya te lo dije. Todavía estoy temblando, pero me siento más aliviada. Pensé que no iba a poder decírtelo nunca, y eso era algo que me carcomía por dentro.
–Bueno, ya está.
–Yo no soy una mala persona, Beto.
–No.
–Y vos tampoco, Beto. Al principio estábamos bien. ¿No estábamos bien?
–Sí, estábamos bien.
–Pero después no. ¡Después no! ¿Qué nos pasó, Beto? Te juro que me lo pregunto y doy vueltas y más vueltas y no encuentro explicación. ¿Qué nos pasó?
–Las cosas cambian. A veces mejoran, por lo general se arruinan. No sé.
–Me voy, Beto.
–Chau.
–Me voy a lo de Gerardo. Mañana vengo a buscar mis cosas, cuando vos no estás, y te dejo la llave.
–Dale.
–No sé qué más decirte.
–Está bien así.
–¿Necesitás algo? ¿Me querés decir algo? ¿Querés que haga algo antes de irme?
–No, dejá.

24.10.07

Apuntes comprensivos

La gente que fuma considera, por ejemplo, que quienes sienten compulsión por la comida son tontos sin remedio.
La gente que toma alcohol no puede concebir porqué alguien consume medicamentos para dormir.
Los amantes de la cocaína ignoran el porqué miles de personas se ponen zapatillas e intentan correr cuarenta y dos kilómetros, colocando sus rodillas a freír.
Lo que te hace tolerante son los vicios.

20.10.07

Una vuelta más

Todo el mundo desea dar una vuelta más en la calesita. Aún cuando se aburran, aún cuando no entiendan, aún cuando sospechan que la calesita en cuestión no conduce a ninguna parte.
Esta actitud es merecedora tanto de repudio como de ternura. Es que nadie sabe si será capaz de hallar, en el parque, otro juego.

Mi amigo H. hace todo lo que está a su alcance

Mi amigo H. me cuenta que la velada había sido más o menos como de costumbre. Su novia había llegado del trabajo. El pidió comida en el lugar de siempre. Comieron; terminaron una botella de un malbec sin pretensiones que había sobrado del fin de semana. Cogieron con el mínimo interés que da una convivencia superior al año y medio. Alguien gritó: ¡Ah! Quizás fue ella, quizás fue él. Se quedaron con el televisor encendido. Ella fumó un cigarrillo. Se quedaron dormidos.

Entonces él se levantó tratando de no hacer mucho ruido. Fue a la cocina; tomó un vaso de agua para despejarse, y volvió con el paquete de azúcar que había comprado esa misma tarde. Ella dormía, como siempre. Boca arriba.
Tuvo que bajarle la bombacha, muy despacio, para que no se despertara. Pero la bombacha tenía el elástico vencido, y eso facilitó la tarea.
Y él mismo, mi amigo H., cargó una cuchara sopera de azúcar tanto como era posible. Y espolvoreó la vagina de su novia, con sumo cuidado. Le llevó un minuto y medio, dos como mucho, completar la maniobra. El triángulo mágico quedó en su totalidad cubierto de azúcar. Su novia dormía con la boca abierta.
Mi amigo H. se acostó a dormir.
A la mañana siguiente sonó el despertador y ella, su novia, saltó de la cama y prendió la ducha; mi amigo H. contaba con esa parte de la rutina.
Mi amigo H. preparó café y su novia salió del baño para desayunar, para vestirse, para irse a su trabajo.
En las dos o tres palabras que cruzaron él notó que tal vez el experimento no había generado efecto alguno. Que su novia no mostraba la más mínima evidencia de haberse vuelto más dulce.

17.10.07

El teorema central del límite, la ley de los grandes números, esas cosas

Si se toma una moneda. Si se tira la moneda. Si se replica el experimento unas treinta y tres millones de veces, la ley de los grandes números dice que el cincuenta por ciento de las veces, la mitad de las veces, la moneda caerá del lado de la ‘cara’.
El otro cincuenta por ciento de las veces, la otra mitad de las veces, la moneda caerá del otro lado, del lado de la ‘seca’.
Lo importante es entender que la aplicabilidad de la ley de los grandes números, su utilidad intrínseca, camina y se desarrolla en el campo de lo teórico. Se dificulta hallar, en el citado ejemplo, el nexo pragmático.
Lo que te quiero decir es que para los rudimentos que más o menos orquestados conforman una vida, basta con la suerte.

13.10.07

Experiencias demoledoras / antídotos de venta libre

Descubrir que uno no ha llegado a ser ni el dos por ciento de lo que hubiera deseado ser, es una experiencia demoledora. En momentos tan extremos, la búsqueda de alivio suele pecar de poco original; el abanico va desde Sai Baba hasta Creamfields, pasando por el psicoanálisis, la computación, la fabricación de incienso, la lectura de los clásicos, las conversaciones con la mascota preferida, en fin.
En el inverosímil ánimo de ayudar, es que recomiendo e instruyo colocar sobre la puerta de la heladera, a una altura de fácil acceso visual, un pequeño imán. Con el teléfono de una pizzería cercana.

Hipótesis de conflicto

Si se observa a un animal en su hábitat natural, y luego se lo observa en una jaula, en un zoológico, incluso el ojo no entrenado advertirá sutiles diferencias de comportamiento.
Si se le quita al animal lo que se ha dado en llamar ‘hipótesis de conflicto’, si el animal comprende que se le traerá la comida a un horario cierto, si el animal descubre que la jaula que le impide escapar es la misma jaula que le impide, por ejemplo, ser mordido, si el animal entiende que lo que se espera de él es que se deje sacar un par de fotos, que se rasque, que de un par de vacilantes pasos, que gruña, pongamos unas tres o cuatro horas al día. El animal, entonces, se quedará echado, de manera tan aburrida como indolente, limitándose a respirar, y a llevar a cabo alguna que otra función de índole fisiológica, más o menos involuntaria.
La diferencia en términos de comportamiento, lo que subyace y define, entonces, es la diferencia entre libertad y confort. Cuánto confort está dispuesto a ceder el tigre, la cebra, el mono, para tener más libertad. Y cuánta libertad está dispuesto a ceder el tigre, la cebra, el mono, para obtener algo de confort.
Para intentar acercar posiciones, para aproximar una solución a tan álgido tema, pueden hacerse en principio dos cosas. Poner una Playstation, por ejemplo, en la jaula del león. O darle algo de dinero en efectivo a un cocodrilo, en su hábitat natural.

10.10.07

Dieta existencial

La gente que consume alimentos dietéticos, consume una contradicción.
Es gente en extremo particular; gente que decide comer sin comer, y que elegiría sin inconvenientes tomar cerveza sin alcohol, fornicar de ser posible sin contacto físico, respirar del aire tan solo las moléculas útiles.
Esta gente que toma café descafeinado, y come queso desquesado, y manteca desmantecada, y mermelada sin azúcar, y lechón light, me repugna en una tecla muy particular. Es gente calculadora y fría; gente que está dispuesta a privarse de cualquier cosa buena que tenga la vida, si se consigue con ello evitar lo malo. Es gente dispuesta a contar las calorías, los pelos, los pasos.
Esta gente que siente particular predilección por cuantificar el daño.

6.10.07

Detalles

Viendo películas viejas, en fin de año, descubro que los mandamientos son diez, pero los pecados capitales son siete. Esto me lleva a pensar que tal vez haya tres mandamientos que sean opcionales. Algo similar a cuando se elige un automóvil con aire acondicionado, cierre centralizado, levantavidrios.

Un poco de aleluya

no fui yo,
fueron mis manos
las que pidieron tocar
sus tetas
una vez más

para satisfacer su nada sencillo
destino
de manos
y exprimir la magia que hay oculta en
cada instante

–estoy dispuesto a regalarte todos
los álbumes de fotos–


y no fue ella,
fueron sus tetas
las que dijeron ‘sí’
una vez más

para conseguir la maravillosa fragancia
de la comprensión

antes de cumplir con sus obligaciones
de glándulas mamarias.


en este curioso paraíso
donde las manos piden
y las tetas hablan.

3.10.07

Tributo a Michael Jackson

La otra noche tuve un sueño extraño. Soñé, por curioso que parezca, con el video del tema ‘thriller’, de Michael Jackson. Independientemente del hecho que el mundo de la música cambia a una vertiginosa velocidad, es posible que mucha gente aún recuerde quién es Michael Jackson. Un negrito simpático, cuando cantaba junto a sus hermanos en ‘Jackson’s five’, y que luego fue creciendo y mutando para convertirse en una absoluta estrella del pop, al tiempo que dejaba de ser negrito y dejaba de ser simpático, para terminar inmerso en tragedias y escándalos que hacen a la vida privada de las personas, y en las cuales preferiría no detenerme. Quiero decir que si a alguien le gusta pasarse una pitón por las tetas no es tema mío, ni hace nada a favor o en desmedro de las cualidades artísticas del chiflado en cuestión.
El video del tema thriller, tema con el cual el Señor Jackson alcanzó un éxito rutilante, tenía una parte, así lo recuerdo, en que el bueno de Michael era perseguido, junto con su chica, por una banda de muertos vivos. Los muertos brotaban de la tierra, vestidos con harapos, con las manos extendidas en forma de garras, todavía prisioneras de cierto rigor mortis, y con miradas exoftálmicas de zombies famélicos se dedicaban a realizar un novedoso y original bailecito.
Eso es lo que sucedía, en grandes rasgos, en el video, en mis sueños.
Lo que me sorprendió entonces fue lo que no recordaba haber visto oportunamente; y es que los sujetos descriptos, los muertos vivos, los zombies famélicos con sus pupilas de un amarillo chillón y sus manos extendidas en forma de garras, te pedían un peso, te pedían plata, te pedían algo.
Y tal vez, entonces, la otra noche no tuve un sueño extraño. Tal vez caminaba por mi barrio, volvía a mi casa.

29.9.07

El malabarista

Sin entender mucho de malabares, sin tener conocimiento de tan arcana disciplina, sin tener capacidad para sostener en el aire otra cosa que no sea, por ejemplo, una escupida, por lo que dura un instante.
Sin saber malabarismo, entonces, decía, me ha tocado volver a ver una disciplina circense que yo creía olvidada, por obsoleta, tal vez, o poco entretenida.
La disciplina consiste en un señor, en adelante el malabarista, que cuenta con una especie de mesa larga y delgada. El malabarista tiene platitos, muchos platitos, simpáticos platitos parecidos a los platitos que van debajo de las tazas donde se sirve café con leche. El malabarista también tiene varillas, unos palos, de madera, creo, delgados y algo flexibles, de entre un metro y medio y dos metros de longitud, no podría definirlo.
El malabarista, mediante un tan simpático como prodigioso movimiento circular, pone en, valga la redundancia, movimiento, un platito en una punta del palo. Girando luego el palo, haciendo un movimiento corto y sostenido sobre el extremo inferior del palo, consigue que el platito colocado en el extremo superior del palo gire, de vueltas y vueltas y no se caiga.
Aquí es donde empiezan las complicaciones.
El malabarista va colocando más y más platitos sobre los extremos superiores de más y más palos. Y va dejando los palos enganchados, por el extremo inferior, en alguna muesca o base existente sobre la mesa.
La capacidad del platito de mantenerse en el aire, sin caerse, sin estrellarse contra el piso, depende del curioso y enigmático movimiento circular que se aplique sobre el palo, una vez que ya el platito ha sido puesto a girar.
El movimiento, y esto agrega la dificultad, se agota en el tiempo, tiene una duración limitada. Por lo que el malabarista debe comenzar a correr de aquí para allá, de un lado a otro, imprimiendo el citado movimiento al palo sobre el cual, nosotros los espectadores podemos verlo, el platito empieza a girar más y más lento, empieza a ondular en el aire y se prepara para caer sin remedio, porque se ha quedado sin fuerza, sin vida, hasta que la mano salvadora del malabarista llega justo a tiempo a transmitir energía, fuerza, alma, y el platito vuelve a girar, a vivir en el aire, mientras el malabarista emprende su alocada carrera, corre y corre para salvar a otro platito a punto de caer.
Mientras esto sucede, mientras cada platito a punto de caer es rescatado por la mano experta del malabarista sobre el palito, mientras, milagrosamente, diez o doce o quince platitos permanecen en el aire, girando y girando y girando y girando, mientras el malabarista se acerca más y más a un punto donde parece que no podrá sostener los platitos en el aire, que no conseguirá seguir haciéndolo porque sencillamente está más allá de sus capacidades, mientras esta situación de extrema tensión continúa, los chicos lanzan gritos de admiración. Los chicos sentados en la tribuna chillan de alegría. Los chicos ríen.

Sin saber que están presenciando, ni más, ni menos, no es otra cosa, lo que tendrán que hacer, día tras día, a lo largo de su vida adulta.
Hasta que, uno por uno, los platitos empiecen a caer.

Todos vivimos en primera persona

Entendelo de una vez.

26.9.07

Atrofia, distrofia

La belleza en las mujeres y el dinero en los hombres, atrofia. Si se adormece la carencia se evaporan las inquietudes, se licuan las capacidades.
Por eso no dejo de asombrarme cuando tengo la oportunidad de ver a alguien con unas exquisitas tetas, o la billetera llena. Gente que se encariña de manera tan inusual con sus defectos.

22.9.07

No sufras por eso

Cuando veo un hombre que sale de un automóvil hablando por teléfono celular, creo que el hombre vive el vértigo de una fantástica vida plagada de manjares y exquisitos negocios.
Cuando veo un hombre que se despide de su novia con un dulce beso, pienso que la mujer lo aguardará esa noche, para compartir una curiosa combinación de pasión y armonía.
Cuando veo un hombre que sube a un escenario a cantar sus canciones, estoy seguro que la plenitud lo inunda como un mar, y luego desciende, cansado y feliz de haber hecho lo que siempre quiso hacer con su vida.
Pero, cuando me ha tocado bajar de un automóvil hablando por teléfono celular, cuando me he despedido de una novia con un dulce beso, cuando he subido a un escenario a cantar mis canciones, he podido comprobar que no era tan entretenido. No era tan así.
Ser otro es una actividad en exceso sobrevalorada.

Capilaridades

En la televisión, un músico de rock promociona su nuevo trabajo. El músico de rock ha estado ausente por algunos años; el músico de rock ha vuelto.
Algo no está bien; algo está mal.
No es la letra de sus canciones, que exuda una imbecilidad tan característica como conocida. No es la música, los mismos acordes que se han venido apareando, una y otra vez, durante los últimos cincuenta años, con resultado disímil.
No, es su pelo. Tan sólo su pelo. O la carencia de. El cantante de rock se está quedando pelado.
Los detalles, nada como los detalles para derribar los proyectos más rotundos.

19.9.07

Nepal privado

En mis lecturas sobre el zen, en mi desconcertante búsqueda del sentido de las cosas, he podido descubrir la importancia que se asigna al estado de zazen, el estar sentado, la meditación como un estado de ‘no-mente’, el dedicarse a respirar y nada más que respirar, ser un observador que no se mueve ni piensa, limitarse a ser, a estar presente.
Es en este sentido que me veo obligado a repasar mi derrotero laboral de estos últimos años. Cómo podía yo saber que cada oficina en la que estuve era un templo tibetano repleto de monjes, de budas, de sabios.