Existe una esquina de Buenos Aires en la cual me vuelvo lindo. Es extraño, no consigo explicarlo, pero es así. Lo descubrí de casualidad, hace algunos años, porque tenía que hacerme un análisis de sangre para ingresar a un nuevo empleo. Me paro en esa esquina, o me siento en ese bar, y me vuelvo irresistible. Las mujeres se quedan embobadas del otro lado del cristal, como si hubieran visto al galán de cine que sólo habita en sus más insondables fantasías. Se detienen en la calle al verme, no pueden resistirlo. Una mujer dejó caer su cartera y se agarró la cabeza con las dos manos, la observé murmurar ‘no lo puedo creer’, de rodillas sobre la vereda. Una mujer extendió una palma y la apoyó contra el vidrio y se quedó en esa posición hasta que el dueño del bar le dijo a uno de los mozos que saliera y le preguntara a la mujer qué corno le pasaba, cosas así.
Una chica con dos colitas en el peinado y una pollera demasiado sugestiva entró y me pidió que le firmara el palo de hockey. Una mujer sentada en otra mesa con su novio fue al baño, y a la pasada dejó caer su corpiño junto a mi café. Cuatro chicas entraron y me ofrecieron ir a la casa de una que vivía cerca, y participar, yo, con ellas, de una orgía, con la única condición que las dejara tomar fotografías con sus teléfonos celulares.
El efecto, como una radiación, se extiende unos metros, aunque va decayendo en intensidad. A una cuadra de distancia todavía arranco alguna mirada, alguna sonrisa. Pero a las tres cuadras en cualquier dirección, vuelvo a ser el mismo de siempre. No despierto mayores simpatías.
Decidí no pasar por esa esquina, no sentarme en ese bar, nunca más. Porque es tan fuerte la fascinación que genero, y sobreviene una tremenda decepción a los pocos metros, que son martillazos del más puro desconcierto y les hace mal, quedan muy mal, les cuesta mucho recuperarse, pobrecitas.
Una chica con dos colitas en el peinado y una pollera demasiado sugestiva entró y me pidió que le firmara el palo de hockey. Una mujer sentada en otra mesa con su novio fue al baño, y a la pasada dejó caer su corpiño junto a mi café. Cuatro chicas entraron y me ofrecieron ir a la casa de una que vivía cerca, y participar, yo, con ellas, de una orgía, con la única condición que las dejara tomar fotografías con sus teléfonos celulares.
El efecto, como una radiación, se extiende unos metros, aunque va decayendo en intensidad. A una cuadra de distancia todavía arranco alguna mirada, alguna sonrisa. Pero a las tres cuadras en cualquier dirección, vuelvo a ser el mismo de siempre. No despierto mayores simpatías.
Decidí no pasar por esa esquina, no sentarme en ese bar, nunca más. Porque es tan fuerte la fascinación que genero, y sobreviene una tremenda decepción a los pocos metros, que son martillazos del más puro desconcierto y les hace mal, quedan muy mal, les cuesta mucho recuperarse, pobrecitas.