30.5.26

El perro Wilson


Estaba de novio por curioso que parezca. Después de haber estado en pareja muchos años, convivir y esas cuestiones, el hombre va descubriendo que si bien no es bueno que el hombre esté solo, existen cosas peores que estar solo (buk dixit). Llega un momento que estar en una habitación a oscuras con un whisky más o menos decente y unos daditos de queso te empieza a parecer el trato más justo del mundo.
La conocí no importa dónde, en una salida a tomar unas cervezas después del trabajo, me la presentó alguien y quedamos sentados más o menos cerca, le dije algo gracioso, me dijo que le hacía bien reírse.
Nos empezamos a ver, no quiero aburrir con los detalles. Vas a un restaurante y comés algo rico, tomás vino, te das cuenta que tenés algún punto de vista en común con la otra persona, cogés un poco. Te parece un milagro que todavía haya quedado algún durazno para arrancar del árbol de la alegría. Tenés planes otra vez, querés cambiar el auto, vacaciones compartidas.
Me pidió que la acompañara a su pueblo, al lugar donde había nacido, a conocer a su familia. Unos trescientos kilómetros de la capital, agarramos un fin de semana largo y nos fuimos.
Buena gente, sencilla, trabajadores (repugnantes y resentidos pero eso viene un poco después, no hace falta spoilear la serie). Prepararon un almuerzo, alegres de ver a la hija que venía haciendo, como todos, lo que podía. Traté de parecer amable y apenas ingenioso, no hablar demasiado, llevé una caja de buenos vinos. Había un hermano y había una tía y había un perro y había un gato.
Pero todo eso no es lo importante, no es lo que quería decir. Digamos que es el contexto.
Había un perro. Un perro bastante viejo, pequeño, atorrante. Tenía dificultades para respirar y no se lo podía alzar porque le dolía algo atrás, como si algo le apretara a la altura de la cadera. Si le tocabas esa zona aunque fuera sin querer, te mordía.
El perro se llamaba Wilson. Y lo único que hacía era pedir comida. Iba y venía turnándose con cada persona que le prestaba atención alrededor de la mesa. Pedía comida, pedacitos de chorizo, de molleja, pan, carne, vacío, papa, lo que fuera.
Acá viene lo interesante.
El perro Wilson era pequeño. Y había estado comiendo desde el desayuno todo lo que podía, así que no podía más. Iba llevando todo lo que conseguía hasta una punta de la cocina debajo de una mesita, donde le habían puesto una cucha con una frazada
Iba y venía incansable, transportaba toda la comida que fuera capaz de acumular. El padre de mi novia hizo un comentario al respecto y todos festejaron. La actitud de Wilson les parecía normal, inevitable, divertida.
–No deja de ser curioso –dije–, pero yo llevo años haciendo algo parecido. Y estoy seguro que ustedes lo verían como algo reprochable.

2 comentarios:

Beauséant dijo...

Todos somos un poco Wilson, buscamos satisfacer nuestras necesidades básicas, guardamos con celo lo poco que tenemos porque sabemos que alguien nos lo intentará quitar... Pero, claro, si vas diciendo lo que piensas nunca te aceptaran, es mejor pensar en silencio... como wilson.

José A. García dijo...

Siempre hay algo para reprocharle a los demás, generalmente cosas que nosotros quisiéramos hacer pero no nos animamos a empezar.

Saludos,
J.