30.1.26

Pelotita


En Florida y Lavalle a las nueve de la mañana, probablemente la esquina con mayor densidad poblacional de la República Argentina (la historia transcurre antes de la pandemia) con todo lo que eso implica, un muchacho se detiene. Quiero avanzar, seguir, pero no puedo. El muchacho está haciendo algo y todos lo observan.
El muchacho ha sacado una pelotita de tenis de alguna parte y la hace rebotar sobre su cabeza. El muchacho mira hacia arriba, tiene ambas manos ocupadas por bolsas de supermercado.
Y algunos se ríen, otros murmuran ‘no lo puedo creer’ porque la pelotita va a caerse, tiene que caerse pero no se cae, rebota y vuelve a rebotar otra vez ante ínfimos ajustes del muchacho que acomoda su cabeza y mira hacia arriba, a un azulejo de cielo rayado de cables.
Nos quedamos así mirando, una multitud de voluntades que no podemos dejar de mirar esa pelotita recubierta de felpa entre amarillo y verde con bastante mugre, el muchacho agazapado que parece decir ‘sé hacer esto, puedo hacer esto hasta que se haga de noche’.
Finalmente el muchacho se aparta un poco, deja que la pelotita pique una vez sobre la vereda, para luego tomarla con una mano y exhibirla durante un instante, y hacerla entonces desaparecer en una de las bolsas.
El muchacho ha concluido su acto y sigue caminando. La gente sonríe una vez más, cruzamos algunas miradas como si hubiéramos visto al Papa o un eclipse, y cada cual sigue su camino.
Tener un don de escasa o nula utilidad es algo que me había atormentado desde que puedo recordar, desde siempre. Me siento mejor.

20.1.26

El auto fantástico


Mi amigo M. se acaba de divorciar. Los mejores planes, las más bellas intenciones se van a la mierda en lo que le lleva a una lagartija parpadear, cosas que pasan.
Mi amigo M. me llama y me dice:
–Quiero cambiar el auto. Acompañame a elegir un auto.
Una mujer, su mujer recién separada irá a cortarse el cabello, a comprar ropa, a ponerse tetas de durlock según el poder adquisitivo y las ganas de seguir adelante. Mi amigo M. desea cambiar el auto y no me parece mal.
Vamos a una concesionaria. Mi amigo M. tiene dinero, mucho dinero y quiere un auto caro. Elige un automóvil, después de preguntar y volver a preguntar, que hace parecer que James Bond viajaba en colectivo. Elige un automóvil que es demasiado bueno para ser real, un automóvil tan fantástico que un niño sería incapaz de elegirlo como juguete porque no lo sabría manipular. Se pueden hacer los cambios apretando un botoncito que está ubicado en el volante y hay una pantalla que muestra lo que va sucediendo en la calle como si se tratara de un jueguito electrónico y se puede programar con una computadora la temperatura de las distintas zonas del interior del vehículo y los asientos son de piel de foca bebé, cosas así.
Le entregan el automóvil a los tres días, paga al contado. El automóvil sale una vez y media el departamento en el que yo vivo, así son las cosas. Es lujo extremo, es confort total.
Mi amigo M. me pasa a buscar.
–¿Te gusta? –me pregunta.
–La verdad que es perfecto –digo.
–Ponete el cinturón por favor –me dice–. Necesito que me acompañes a hacer algo.
Tengo ganas de decirle que si piensa ir a buscar a su ex mujer para que vea su auto nuevo o para insultarla, no tiene sentido. Es como si ella dentro de unos meses lo fuese a buscar a su oficina con un escote hasta el ombligo o con un porongudo senegalés de veinte años no sé, no corresponde, el único lugar posible para el pasado es dejarlo atrás.
Se mete un barrio que está muy tranquilo, un barrio por el que no suelo transitar pero él parece conocer las calles, dobla una vez y vuelve a doblar.
–¿Y? ¿Adónde vamos? –pregunto, porque creo que ha llegado la hora de preguntar.
Mi amigo M. sube la música y acelera. Sesenta, ochenta, logra subir la velocidad a cien y apunta derecho a un paredón, parece no haber nada más que su bólido, nada detrás. Veo los grafittis que cubren la pared de ladrillos blanqueados. Veo una lengua de los rolling stones gigante y mal dibujada. Veo ropa colgada de un cable en una terraza de un primer piso. Y todo lo que veo lo veo mientras me agarro de algún lado, de los huevos, y dura tres segundos, no más.
–¿Qué hacés? ¡Pará! –alcanzo a decir y me tapo la cara con las manos.
Es un rugido, algo como una explosión y nada más. El auto ha embestido el paredón calculo que a unos cien kilómetros por hora. Sale humo por entre el amasijo de metales pero el cubículo en el que nos encontramos apenas se ha arrugado un poco.
–¿Estás bien? –me pregunta. Tiene un pequeño corte en la frente, ha estallado el cristal delantero sin llegar a partirse, o partiéndose en fragmentos demasiado pequeños pero que de algún modo quedan unidos entre sí como por una invisible red.
Lo miro. La pregunta es qué corno hizo, por qué hizo lo que hizo, qué quiso hacer, pero no pregunto nada porque todavía estoy asustado del impacto. Busco en el piso del automóvil, trato de localizar mi teléfono celular. Veo una muela, un pedazo de diente.
–Disculpame –dice–. Pero al divorciarme, cuando todo lo que había construido se fue al demonio me sentí muy solo. Necesitaba ver que todavía quedan cosas hermosas por destrozar.

10.1.26

Illuminati


El hombre nos explica las ventajas del vegetarianismo. El hombre explica el nivel de stress supremo que experimenta el animal en el momento previo a ser asesinado, lo que describe está por encima del umbral de crueldad que cualquiera de nosotros sería capaz de soportar. Para reforzar los conceptos, para no dejar dudas respecto al mensaje que desea transmitir, el hombre exhibe un video en una pantalla donde se ve un matadero al momento de aplicar el procedimiento, la forma correcta de degollar al animal, o el martillo neumático, la sangre, los gritos, en fin. Aquel que coma carne es una bestia sin posibilidad de redención y nada más.
Entonces el hombre explica cómo se ha elaborado el alcohol desde el origen de los tiempos, sus propiedades intrínsecas y el papel que jugó desde las más antiguas civilizaciones. El hombre vuelve a usar su computadora y proyecta una secuencia de fotos, fotos de hígados, fotos de hígados en diversos estados de descomposición, qué les ha sucedido a los hígados y a sus respectivos portadores luego de haberse arrojado de indolente manera en los brazos de la bebida. El deterioro es difícil de explicar, de soportar con la mirada, contener el asco.
Luego el hombre explica que la nicotina es satán, que su nivel de asimilación a través del torrente sanguíneo es treinta y tres veces más poderoso que el de la cocaína misma. Ahora en la pantalla exhibe una suerte de nubes negras y explica que son pulmones arrasados por dos paquetes diarios de cigarrillos después de tres años, y así. El hombre explica cómo se van muriendo los alvéolos pulmonares, saca una bolsa de residuos tamaño consorcio y la arruga lentamente dentro de un puño para que entendamos la pérdida de capacidad pulmonar.
Y sigue. El hombre explica el daño cerebral que provocan las drogas, cómo el cerebro se transforma en un huevo frito achicharrado imposible no sólo de comer, sino de despegar de un sartén. Mueren las neuronas y no se regeneran, vas quedando tontorrón mal.
Explica también que si bien no es excesivamente dañino fornicar, eso hace que perdamos la energía maestra que, sublimada debidamente y hecha ascender por la columna vertebral mediante misteriosas técnicas hindúes, nos permitiría alcanzar la iluminación, el fin último, la verdadera paz.
Lo que no puede explicar el hombre es por qué está tan triste, por qué su expresión es la de alguien que no da más.