10.3.26

Toti a su manera


Toti y Martita se conocían desde la adolescencia, lo que equivalía a decir desde toda la vida. Se pusieron de novios y no se soltaron más. Mientras nosotros el resto de los pibes íbamos y veníamos con las novias, con la cocaína, con divorcios, con la vida. Toti se casó con Martita, no tenían ni veinte años. Se adoraban mientras el resto de nosotros nos dedicábamos a fracasar, a mantenernos a flote. La vida.
Toti trabajaba, se recibió mientras tanto, empezaron a progresar. Pasaron de un departamentito a una casa en Vicente López, cambió el auto desde ya, vinieron los hijos y un auto más. Siempre de buen humor y Martita ocupándose de la casa, esperando que Toti volviera de trabajar. Toti jugaba al fútbol los miércoles con nosotros, con los pibes.
Algún contratiempo, claro, uno de los chicos que se rompió un brazo en el colegio, nada grave. Y vacaciones, primero en Brasil, fotos de alguna playa tomando un trago multicolor. Martita con lentes poniéndole crema al Toti en la punta de la nariz. El mar de fondo, palmeras, un sol que parecía decirnos a todos que la felicidad era posible.
Por eso cuando me llamó Fabián el domingo no lo pude creer. Toti estaba detenido, había vuelto a su casa el martes y había matado a Martita, a los hijos y al perro, con un cuchillo Victorinox Cutlery de carnicero con borde Granton de 8 pulgadas. Después se había sentado a ver la televisión comiendo un tubo de papas fritas pringles con sabor a queso cheddar. Alguien de otra casa escuchó los gritos y llamó a la policía.
No nos dejaron verlo, su abogado decía que se había vuelto loco, que no era consciente de lo que había hecho. El abogado se lo puso la madre, que estaba aterrada y no paraba de llorar. Los chicos, sus nietos, asesinados por su propio padre que era además su hijo. Imposible.
Finalmente empezó el juicio. Fabían y Gustavo me dijeron que teníamos que ir el día de la audiencia. Así que fuimos.
Hacía calor en la sala, apenas habían puesto un ventilador de pie. Había familiares de Martita que lloraban y lanzaban amenazas, curiosos y periodistas, más gente.
Lo trajeron. Esposado, con un equipo de gimnasia Adidas verde, mal afeitado y un poco encorvado, no miraba a nadie, la vista clavada en un imaginario horizonte que quedaba en otra parte más arriba pero no demasiado.
Leyeron parte de la causa, hablaron los abogados de ambas partes. Entonces el juez, sentado detrás de un escritorio, le preguntó al Toti si quería decir algo. El abogado dijo que su cliente había perdido la capacidad de razonar y que no iba a hacer declaraciones.
El juez volvió a preguntarle a Toti si quería decir algo.
–Sí –dijo Toti, y se puso de pie en cámara lenta–. Todos los días lo mismo, no aguantaba más.
Y no sé si fue la sorpresa de verlo ahí y escucharlo hablar, pero se lo notaba convencido.