30.3.26

Problema mío


Cada tanto pasa que por televisión entrevistan a alguien. A alguien que hizo algo por supuesto, sino no lo entrevistarían. Puede ser un deportista, un músico, un actor. Alguien que hace algo por lo cual otros alguienes pagarían una entrada para verlo.
Y en medio del reportaje ese alguien mira por la ventana del bar o se pone serio o enciende un cigarrillo o se acomoda los lentes. Y dice: si volviera a nacer haría todo igual, haría lo mismo.
Me molesta eso. ¿Qué tipo de persona hay que ser para decir algo así? Porque yo si volviera a nacer bueno, haría todo distinto. Practicaría otro deporte del que practiqué, estudiaría otra carrera de la que estudié, trataría de conocer mujeres distintas de las que conocí, tendría otros amigos. Tomaría vodka tonic en lugar de whisky supongo, trataría que no me gusten las milanesas con puré. Sufriría por cosas distintas a las que me hicieron sufrir, y estaría contento por cosas distintas a las que me pusieron contento tal o cual vez.
Si volviera a nacer sería otra persona, para resumir. Qué sentido tendría volver a nacer para volver a ser yo. A quién se le ocurriría algo así.

20.3.26

Todo lo que tenés que saber de una persona


Todo lo que tenés que saber de una persona lo podés saber sin mayores dificultades, si la ves desayunar. En un bar de barrio cualquiera. Puede ser Chacarita, sí claro, o Almagro. Colegiales, Palermo, el bar que quieras. El barrio que quieras. Sí, pichona, barrios privados también se aplica.
El tipo que la va de buen padre de familia y casi estira la nariz cada vez que pasa un culo intentando oler, prácticamente, el culo, a través del vidrio. La chica dispuesta a jurarte que ir al gym es su pasión, que estar hidratada es lo mejor que te puede pasar en la vida, tomando un mísero té y es puro fastidio y enrosca el saquito de té a la cucharita y lo aprieta con dos dedos y lo vuelve a apretar porque no lograr recordar dónde quedó la alegría y se quiere matar. El tipo que entra al bar y pide el Clarín y La Nación y Página y Ámbito y alguna revista también. Pero no quiere leer, quizás ni siquiera sabe leer, lo que quiere es tener algo que vos no tenés aunque sea por un ratito. Gratis desde ya, sentir que la vida cada tanto lo deja ganar a él también. ¿Te acordás qué lindo que era ganar a algo?
El tono de vendedor de autos usados del chico que le dice a la novia que la quiere, que nunca había sentido algo así, la mujer que llama al mozo y le dice que ella no pidió un cortado, ella sabe muy bien que pidió apenas cortado y quiere que le cambien la medialuna por otra no tan quemadita. Y quiere más agua también, si puede ser un agua más húmeda. El agua ya no es lo que era.
Entonces no importa, no tiene la menor importancia lo que vos tengas para decir de vos. Como regla general eso sí, lo que creas que valés dividilo por 4. Eso hasta los treinta años. Después de los treinta años lo que creas que valés dividilo por 6 y más o menos vas a estar cerca, una muy buena aproximación.
Pero la verdad es que mucho no importa tu opinión de vos. Para entender qué sos, para saber qué tipo de repugnante alimaña del bosque sos, lo único necesario es verte en un bar a la mañana. Tomando un café.

10.3.26

Toti a su manera


Toti y Martita se conocían desde la adolescencia, lo que equivalía a decir desde toda la vida. Se pusieron de novios y no se soltaron más. Mientras nosotros el resto de los pibes íbamos y veníamos con las novias, con la cocaína, con divorcios, con la vida. Toti se casó con Martita, no tenían ni veinte años. Se adoraban mientras el resto de nosotros nos dedicábamos a fracasar, a mantenernos a flote. La vida.
Toti trabajaba, se recibió mientras tanto, empezaron a progresar. Pasaron de un departamentito a una casa en Vicente López, cambió el auto desde ya, vinieron los hijos y un auto más. Siempre de buen humor y Martita ocupándose de la casa, esperando que Toti volviera de trabajar. Toti jugaba al fútbol los miércoles con nosotros, con los pibes.
Algún contratiempo, claro, uno de los chicos que se rompió un brazo en el colegio, nada grave. Y vacaciones, primero en Brasil, fotos de alguna playa tomando un trago multicolor. Martita con lentes poniéndole crema al Toti en la punta de la nariz. El mar de fondo, palmeras, un sol que parecía decirnos a todos que la felicidad era posible.
Por eso cuando me llamó Fabián el domingo no lo pude creer. Toti estaba detenido, había vuelto a su casa el martes y había matado a Martita, a los hijos y al perro, con un cuchillo Victorinox Cutlery de carnicero con borde Granton de 8 pulgadas. Después se había sentado a ver la televisión comiendo un tubo de papas fritas pringles con sabor a queso cheddar. Alguien de otra casa escuchó los gritos y llamó a la policía.
No nos dejaron verlo, su abogado decía que se había vuelto loco, que no era consciente de lo que había hecho. El abogado se lo puso la madre, que estaba aterrada y no paraba de llorar. Los chicos, sus nietos, asesinados por su propio padre que era además su hijo. Imposible.
Finalmente empezó el juicio. Fabían y Gustavo me dijeron que teníamos que ir el día de la audiencia. Así que fuimos.
Hacía calor en la sala, apenas habían puesto un ventilador de pie. Había familiares de Martita que lloraban y lanzaban amenazas, curiosos y periodistas, más gente.
Lo trajeron. Esposado, con un equipo de gimnasia Adidas verde, mal afeitado y un poco encorvado, no miraba a nadie, la vista clavada en un imaginario horizonte que quedaba en otra parte más arriba pero no demasiado.
Leyeron parte de la causa, hablaron los abogados de ambas partes. Entonces el juez, sentado detrás de un escritorio, le preguntó al Toti si quería decir algo. El abogado dijo que su cliente había perdido la capacidad de razonar y que no iba a hacer declaraciones.
El juez volvió a preguntarle a Toti si quería decir algo.
–Sí –dijo Toti, y se puso de pie en cámara lenta–. Todos los días lo mismo, no aguantaba más.
Y no sé si fue la sorpresa de verlo ahí y escucharlo hablar, pero se lo notaba convencido.