6.8.13

Karate


         Las clases especiales, las clases sólo para los cinturones negros, eran los sábados a las siete de la mañana. Éramos cuatro alumnos, porque uno se había ido a vivir a Japón, donde pensaba finalizar su formación con el gran Maratoshi Nakasa. A veces el maestro dejaba que participara de las clases algún cinturón marrón al que le faltaba menos de un año para rendir el examen de cinturón negro. Pero el alumno tenía que saber que la iba  a pasar mal, que esa experiencia era parte del aprendizaje.
         Hacía frío, los techos eran altos. Una sola ventana, minúscula, un cuadrado de no más de veinte centímetros de lado. El pequeño gimnasio estaba revestido en madera, el piso, y las paredes hasta unos dos metros de altura, lo demás era cemento. No había gran cosa. Unos duros listones de madera, enclavados en unas bases rectangulares de concreto, maderas a las que había que golpear hasta que te sangraran los nudillos. Todo era rústico y despojado. En una pared, pintado con letras muy pequeñas, podía leerse ‘Cualquiera puede soportar lo soportable. El objetivo del karateca es soportar lo insoportable’.
         El maestro Makoda hizo su ingreso. Nos pusimos, los cuatro, en línea, firmes, y lo saludamos con un grito que dejaba en claro nuestra veneración, nuestro respeto.
         El maestro era implacable con sus correcciones, casi sin hablar. De pronto venía y te aplicaba una artera patada en los riñones, para indicarte que no estabas prestando atención o que tu postura no era lo suficientemente erguida. Makoda había venido del Japón, debía tener unos cincuenta y cinco años, morrudo, el cabello ya gris cortado a cepillo, las manos como sartenes. Había sido campeón mundial de karate, en el mundial de Suecia, era una leyenda viviente.
         Estábamos por comenzar con la rutina de calentamiento, para luego pasar a las formas y al combate. Se abrió la metálica puerta pintada de verde oscuro.
         –Pimiso –ingresó una pequeña japonesa. Flaca como un alambre, de un metro y medio de altura como mucho. Iba vestida con lo que parecía ser una especie de pijamas, pantalón y casaca de seda negra. El conjunto tenía algunos grabados dorados, en las mangas que le quedaban un poco largas, como arabescos, quizás como flores.  Pensamos que sería una asistente del maestro Makoda, que venía a traerle algún mensaje a nuestro Sensei, quizás un poco de té. El maestro la miró con severidad, las clases eran sagradas, el maestro detestaba ser interrumpido.
         Intercambiaron, el maestro y la mujer, algunas palabras en japonés, cortísimas frases como esputos, cargadas de jotas y de bufidos.
         Entonces la mujer dio un paso más, se acercó al maestro Makoda, y le aplicó un sonoro cachetazo.
         –Seguí –le dijo la mujer–, vos seguí dando estas clases de mierda, mientras tu hija y yo nos cagamos de hambre.
         La mujer nos miró, hizo una ínfima reverencia que consistió en una casi imperceptible inclinación de cabeza, y salió del gimnasio haciendo ruido con las ojotas que llevaba puestas en sus pequeños pies.

6 Comments:

At 10:52 a. m., Blogger Juan Sebastián Olivieri said...

楽屋
Backstage
Y si...las bambalinas de la existencia son devastadoras.

 
At 7:48 a. m., Blogger J. Hundred said...

*juan sebastián olivieri! si la gente pudiera ver detrás del decorado, se darían cuenta que no conviene cambiar zapatos con nadie. lo saludo.

 
At 1:40 p. m., Blogger Viejex said...

Magnífico el relato. Magnífica la síntesis de Olivieri: "las bambalinas de la existencia son devastadoras" Impresionante.

 
At 4:23 p. m., Blogger J. Hundred said...

*viejex! en este precario espacio, hay personas que poco a poco se han ido volviendo imprescindibles. yo, for example.

 
At 2:39 a. m., Blogger Mr. Kint said...

Es que mas allá de la profundidad espiritual que alberga ese "soportar lo insoportable" como deslumbrante ideal de vida, por lo general sucede que tan sabios lemas se nos escapan por etéreos. A veces en este plano terrenal lo que nos quiere decir el sensei nos es más que tener que bancarse a tu jermu/dorima hasta en las más agotadoras situaciones.
La ejecución es todo y "en el tatami se ven los pingos" concluía mi tío Horacio cuando se juntaba a tomar ginebra Llave en el Club con el tintorero de la vuelta. (hubiese visto usté lo que era esa meeting, como si siglos de shogunato y tradición nipona se fundiesen con un collage de partidas de truco, mortadela y música de Trulala al mango; situación que haría resucitar al mismísimo Mishima solo para que vuelva a cometer seppuku). Lo más parecido que puedo encontrar es el siguiente video: http://www.youtube.com/watch?v=cpRKBoCLB18
(la letra que allí aparece es una delirada de quien le escribe).
Buen texto el suyo. Un abrazo para usted.

 
At 9:43 a. m., Blogger J. Hundred said...

*mr. kint! si yo fuera un reconocido profesional de las ciencias sociales cualquier cosa que ese concepto signifique, haría una investigación para entender/interpretar la diversidad cultural de los pueblos a través de la pornografía que consumen y filman. no hay más que ver, por ejemplo, pornografía japonesa, para entender honduras del oriental pensamiento, a diferencia, por ejemplo, en lo actitudinal, en lo antropométrico, en alegría de vivir, del pueblo brasileño. o descubrir la pulsión de vida en la quizás algo abnegada juventud ucraniana, y sus notables diferencias, tan culturales como alimenticias, con los jóvenes mexicanos. analizar, nunca mejor dicho, la voluntad filipina, la impostación norteamericana, el efecto de las bajas temperaturas en la particular suecia. y así podría uno seguir, investigando, entendiendo, descifrando pautas culturas y religiosas, una cosmogonía de pensamiento, maneras de comprender nuestro precario paso por la tierra, y al mismo tiempo el mundo todo. investigando, como dije, investigando y mientras tanto haciéndome la paja, a eso iba. un abrazo.

 

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