29.3.06

Vivir sin mí

Otra vez. En un bar. Una mujer me explica que puede vivir perfectamente bien sin mí. Se regodea en su explicación. Parece disfrutar al herirme, así que decide explayarse.
Me cuenta que una madrugada encontró un maniquí abandonado junto a un árbol. Me cuenta que se llevó la mano, del maniquí. Me cuenta que cuando tiene apetito carnal, utiliza la mano, del maniquí, para tocarse el clítoris. Me cuenta que nunca había alcanzado semejante grado de satisfacción sexual.
Me cuenta, también, que pegó un imán en la puerta de su heladera. El imán tiene el teléfono de una casa de comidas naturista. Me cuenta que es feliz. Me cuenta que es muy feliz, sin mí.
Me pregunta qué pienso.
Le digo que ya lo intenté, que yo también lo intenté hace mucho tiempo. Puse un imán sobre la puerta de mi heladera. El imán tenía el teléfono de una pizzería. Y encontré un maniquí, también, junto a un árbol. Y me llevé el maniquí a casa. Jamás se me hubiese ocurrido cortarle una mano. Intenté fornicar con el maniquí, en dos o tres oportunidades, pero los resultados no fueron satisfactorios.
Los hombres y las mujeres somos especies diferentes, le digo mientras pido la cuenta.